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Ruth Beitia, primera mujer española campeona olímpica de atletismo

¡Cuánto vale una espera si es por tanta dicha! El oro llegó para Ruth Beitia cuando dejó de padecer por aquello que no conseguía y decidió, simplemente, disfrutar de lo que hacía, de ese vuelo prohibido a la condición humana y que esta mujer ha desafiado hasta los 37 años. Ahora se entrega a su pasión sin esperar nada a cambio. Ahora es, por fin, correspondida. En Río, lloró con su entrenador, su confidente, su sombra y hasta su conciencia, Ramón Torralbo. En Río, se abrazo a sus compañeras del coso como si fueran hermanas, fundidas en una alegría compartida, la alegría que personifica a Ruth. En Río, una española se citó con la eternidad.

El listón cayó siempre sobre los dos metros, inexorable. Era una altura que Ruth no había podido franquear esta temporada. Con 1,97, estaba a un centímetro de su techo. El resto lo iba a decidir el destino. Eligió a la española, otra española de oro en Río, en una prueba que no es cualquier prueba, de un valor comparable al oro de Mireia Belmonte, por lo que el atletismo y la natación significan. Lo prueba el tobillo de Blanka Vlasic o el vuelo cortado de Chaunte Lowe, la mejor en 2012. Los errores en la última altura dieron la victoria a la única que antes no había cometido ninguno. Era Ruth. Demireva y Vlasic la acompañaron en el podio.

Después de cumplir con la retirada que había prometido, en 2012, Ruth decidió cambiar la rutina de su cuerpo. Se puso a patinar. El lugar elegido fue un circuito cercano al aeropuerto de Santander. La lluvia no paraba, como si el destino, el mismo que en Río, insistiera, fuera contra su decisión. El pasar de los aviones le recordaba, además, un mundo en el que ya no estaba, sin el trajín de los viajes, pero también sin la excitación que los acompaña y, por supuesto, sin la erótica de la competición que, en estos Juegos, ha gozado como nunca. Al verla en la zona de saltos sonreír, incluso en el momento de acometer los intentos, era evidente que se sentía en su ser.
Ramón Torralbo tuvo que insistir poco, después de esa retirada agridulce por el cuarto puesto de Londres, y la vida de Ruth volvió a ser, como suele ella decir, una "vida entre Ramones", por el nombre de su marido. Fue por poco tiempo, debido a un divorcio. Todo cambiaba, todo menos la pista. La saltadora retomó su carrera y rehízo su vida en la madurez personal y deportiva. Era un regreso sin presión, sin un gran desgaste, porque todo el volumen de entrenamiento estaba hecho durante años. El organismo privilegiado de Ruth únicamente necesitaba mantenerse, hacer "calidad", como se dice en la jerga deportiva, no cantidad. Tampoco estaba dispuesta a pasar por privaciones extremas. Si la ocasión lo merecía, hasta un pitillo para relajarse, por qué no.

Ruth había empezado a compaginar sus entrenamientos con un trabajo como secretaria primera del Parlamento cántabro, hasta que el PP estuvo en el gobierno. La altura no era algo secundario, ni mucho menos, pero no era ya lo único en su vida. Era algo de lo que disfrutar. En Río, no dejó de hacerlo, mientras agitaba sus dedos y balbuceaba, como si susurrara al listón. Pasó con limpieza, a la primera, 1,88, 1,93 y 1,97, porque se trata de una saltadora muy segura hasta que las distancias se ponen imposibles, lejos de su alcance. Eran los dos metros. Eso le ha permitido subir varias veces al podio en situación de igualdad por los fallos de sus rivales en los primeros intentos. La altura no se define únicamente por cuánto se salta, sino por cómo se salta.

Esa etapa desenfadada, quizás el rasgo que mejor define la personalidad de Ruth, le dio algunos de sus mayores éxitos después de Londres, como el bronce en el Mundial de Moscú, en 2013 o el mismo metal en el 'indoor' de Sopot, más dos títulos europeos, en Zúrich, en 2014, y en Amsterdam, este año. Ese último oro era la medalla número 13 en grandes campeonatos hasta llegar a Río, en lo más alto de un podio que todo lo cambia. Es ya historia.

En la capital holandesa, Ruth saltó 1,98. De hecho, en el año olímpico no había superado los dos metros, algo que sólo había hecho en tres grandes finales, en Londres (2,00), en el Europeo que ganó en Zúrich (2,01) y en Spot (2,01). Sólo en la final olímpica no le sirvieron para subir al podio, mientras que, en Río, la hubieran reafirmado antes en el primer lugar, sin tener que esperar al error del resto. Ese cuarto puesto era la maldición que la reafirmó en su decisión de marcharse. La lluvia de su tierra la devolvió a la pista. La lluvia de Río anticipó su oro. Bendita lluvia.

(Orfeo Suárez, El Mundo)