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Catalunya es el factor que impide desbloquear la política española (Enric Juliana)

Sin el factor K. España tendría gobierno desde hace meses. Sin la K. inflamada, España no estaría políticamente bloqueada y sus ocho meses de interinidad no se habrían convertido en un caso asombroso que provoca la perplejidad de los principales centros de poder internacionales. Sin la variable K. todo sería más fácil en el ruedo ibérico, donde resistir es vencer. (K. de Katalonien, como figura en los informes de la cancillería de Berlín).

Recién celebradas las elecciones del 20 de diciembre del 2015, el comité federal del PSOE cosió una letra escarlata en la blanca camisa de Pedro Sánchez. La letra K. “Con estos no negociarás y tampoco pactarás con quienes se situen cerca de sus exigencias. De referéndum, ni hablar”. Eso decía la letra escarlata y el coro popular añadió: “¡Con esos ni siquiera hablarás!”.

Sánchez aceptó que le cosiesen la letra escarlata. Aún la lleva puesta. En los tiempos venideros, los socialistas de todas las tendencias recordarán con nostalgia aquel mes de enero del 2016, en el que tuvieron la oportunidad de “congelar” al Partido Popular con sólo 123 diputados, la cota más baja de la derecha española desde 1989. Bastaba una simple abstención para dar paso a una fase de gobierno en manos del Parlamento, en la que los 90 diputados socialistas tendrían la sartén por el mango, con Podemos con muchos deberes por hacer. No es fácil el Parlamento.
Los socialistas un día lamentarán tanta acumulación de astucias por metro cuadrado. En enero a la gente le gustaba el retorno de una cierta complejidad política. Había algo nuevo en el ambiente que invitaba a la curiosidad. Ocho meses después, la mayoría ya está harta de una situación que no entiende. Unas terceras elecciones en diciembre podrían conducir al Partido Popular hacía el umbral de los 150 diputados. Mariano Rajoy lo está esperando.

Confirmado el bloqueo, al no poder recurrir nadie a los votos inflamados de K., se celebraron unas segundas elecciones en junio y el PP pasó de 123 a 137 diputados. A finales de julio, Rajoy aceptaba el encargo del Rey. Con desconfianza, lo aceptaba. Ahora sí. Negoció con Ciudadanos y le resultó más fácil de lo que pensaba. Subió a la tribuna del Congreso a finales de agosto y el momento más vibrante y estudiado de su discurso fue el referido a K. Cuatro folios que hay que conservar.

El texto base del discurso fue escrito por el sociólogo Pedro Arriola y su equipo de colaboradores, con indicaciones previas de la Moncloa. Dos ideas clave: K. se romperá por dentro si sigue la senda independentista (homenaje a José María Aznar). España debe ser regida en los próximos años por un “bloque constitucionalista” que frene y contenga a K. Ese bloque sumaría 255 diputados (PP, C’s y PSOE) y dejaría fuera de los muros de la fortaleza a 95 diputados. Noventa y cinco letras escarlatas. 6,6 millones de votos fuera del perímetro. “Eso sí es una verdadera crisis nacional”, escribía ayer en La Vanguardia el periodista Fernando Ónega.

Esos cuatro folios son importantes para intentar entender algo del actual galimatías político español. Rajoy contentaba a Ciudadanos y a la vez se apropiaba de su discurso. (Días antes, Albert Rivera había vetado personalmente la concesión de grupo parlamentario al Partit Demòcrata Català, que Francesc Homs acababa de pactar con el portavoz popular Rafael Hernando, con el visto bueno del propio Rajoy). El PP es una máquina de poder implacable que cada día verifica la ubicación de sus intereses.

En su discurso de investidura, el candidato advertía a Sánchez que la letra escarlata que lleva prendida en la camisa puede convertirse en hierro incandescente. “¡Ni te atrevas a pactar con K!”. El mensaje fue rotundo, porque cree que esa es la única escapatoria que le puede quedar a Sánchez en las actuales circunstancias. En K. también hay gente que lo piensa.

Hay que prestar atención a otros tres discursos del debate de investidura. Joan Tardà y Gabriel Rufián, de ERC, acudieron al Congreso a despacharse a gusto y a disputarle el lenguaje de la radicalidad a Podemos, puesto que los comunes de Ada Colau son un freno con el que no contaban. Subieron a la tribuna a demostrar que la voz cantante catalana en el Congreso ahora es la de Esquerra. Con otro registro, Homs bajó del gallinero del grupo mixto para enviarle un mensaje a Sánchez: “Podemos hablar”. No mencionó explícitamente la condición del referéndum. La dio a entender, pero no la mencionó. Los convergentes hace años que aprendieron a usar los códigos de señales. “Podemos hablar”.

Y ya han hablado. Y evidentemente no han contado a la prensa todas las ideas que intercambiaron el pasado jueves. El PDC (provisional) tiene cuatro buenos argumentos para explorar la posibilidad de dar sus ocho votos a Sánchez. En primer lugar, hacerle pagar a Rajoy la operación Cataluña, pilotada por una unidad informal de la Policía, que ha logrado hundir la figura de Jordi Pujol y convertir en cenizas la imagen pública de CDC. En segundo lugar, propiciar un nuevo escenario político –Gobierno del PSOE obligado a pactos constantes en el Parlamento–, que haga posible, en un futuro no inmediato, un aterrizaje controlado de la cuestión catalana. En tercer lugar, dificultar la cristalización de una futura mayoría de izquierdas en el Parlament de Catalunya, ante la evidencia de que ERC empieza a tejer complicidades con los comunes y la CUP. Un Gobierno socialista apoyado por Podemos acentuaría las contradicciones realmente existentes entre los distintos componentes de la actual izquierda catalana. Y finalmente, evitar unas terceras elecciones, que pueden dejarles laminados.

Voto a Sánchez a cambio de una nueva dinámica política que no margine al PDC (provisional). El PNV podría estar interesado en ese esquema. Y ERC se hallaría ante la difícil tesitura de bloquear en solitario una alternativa viable a Rajoy. Todos juntos sumarían 178 diputados. Mayoría absoluta.

Sobre el papel es posible. En la práctica es muy difícil. La letra escarlata sigue colgada de la camisa de Sánchez. El comité federal podría entrar en rebelión y los diputados andaluces amenazar con la abstención. El potente campo magnético que se ha creado alrededor de K. es muy difícil de atravesar. Hacen falta talento estratégico y cuajo. Y en el interior de K. las cosas están muy espesas. Ese voto no sería fácil de explicar a la gente que cree que la independencia es inminente. Y la agenda del presidente Carles Puigdemont va por otros derroteros. Puigdemont, al que la política española le interesa poco, quiere tener su momento en mayo. “A punt”, dice el lema independentista de la actual Diada.

El factor K. condiciona toda la política española y se condiciona también a sí mismo.

(La Vanguardia)