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Segundo mandato de Rajoy: volver a 1996

No había acabado aún Ana Pastor de proclamar la elección de su amigo Mariano Rajoy como presidente del Gobierno cuando los 137 diputados del PP se levantaron del escaño, impulsados por la ansiedad acumulada durante 315 días, y se pusieron a aplaudir. Un aplauso cerrado, vehemente, devoto, aliviado y balsámico. La ovación del poder. La que puso fin una larga y complicada marcha hacia La Moncloa que ha durado 10 meses.

Mariano Rajoy inicia hoy su segundo mandato como presidente del Gobierno. Un mandato que le iguala a todos los jefes del Gobierno de la democracia. Durante el largo periodo de espera, temió ser una excepción. Pero la única excepción que le separa de los presidentes que le han precedido es el día y la hora en la que fue elegido. Un sábado por la noche del puente de Todos los Santos. Seguramente el insólito paréntesis que ha impedido un Gobierno en España durante tan prolongado periodo de tiempo sólo podía acabar con el edificio del Congreso abierto y encendido para una sesión solemne, un sábado por la noche.

La elección de Rajoy como presidente no sólo pone fin a este periodo de interinidad sin Gobierno, sino a un ciclo electoral de dos años en el que el sistema político español se ha visto convulsionado, tanto por las consecuencias en desempleo, desigualdad y pobreza de la dura crisis económica que comenzó en 2008, como por la corrupción. El líder del PP ha sobrevivido a las ansias de cambio político expresadas por la mayoría de los españoles en los sondeos, al nacimiento de nuevas fuerzas y a los escándalos de corrupción de su partido. Rajoy presidente, Sánchez en la calle. Así se pone punto y final a esta etapa. El PP mantiene el poder por la abstención del PSOE. El bipartidismo se ha quebrado por el lado de la izquierda. Así se cierra el ciclo que comenzó en las elecciones europeas de 2014. El mandatario español es asimismo el único jefe de Gobierno de los países del sur de Europa -donde con más fuerza ha golpeado la crisis- que revalida su mandato. Por el camino se quedaron el portugués Passos Coelho, el griego Samaras y el italiano Mario Monti.
La primera vez que Rajoy salió del Congreso investido fue la tarde del 20 de diciembre de 2011. Fecha, por cierto, que eligió para su primera convocatoria electoral de 2015. En circunstancias muy distintas de las actuales porque dejó tras de sí una mayoría absoluta más que holgada que le garantizaba una legislatura cómoda en el Parlamento. Pero también porque aquel 20 de diciembre ya había hecho la lista de su Gobierno. Un día antes, el 19, durante la propia sesión de investidura, la secretaria general del PP, María Dolores de Cospedal, había llamado a unos cuantos diputados con el siguiente mensaje: «¿Quieres ser ministro del Gobierno de España?», con un añadido enigmático: «Esta llamada no ha existido». Es así cómo Rajoy hace su Gobierno: en secreto y con la admonición de que nadie se entere de nada y de que los que están en el misterio guarden silencio. En los días siguientes, él mismo telefoneó a los interesados para comunicarles la cartera que ocuparían.

En esta ocasión, el presidente del Gobierno se ha dado cuatro días, hasta el próximo jueves por la tarde, para decidir definitivamente su Consejo de Ministros. Se puso a pensar en el asunto en el interregno entre la primera y la segunda votación de investidura.

En España el amor al poder es sinónimo de ocupar una cartera ministerial. Ser ministro es el anhelo, la meta de todos los que se dedican a la política. El ministro se ve a sí mismo como alguien especial, al tiempo que pasa a ser una persona distinta también a los ojos de los demás. Un ministro es un elegido, un triunfador que gozará a partir de ese momento de un respeto singular. Cuál sea la cartera casi es lo de menos. No hay ninguna receta para ser nombrado ministro. No depende de la valía profesional, ni de la brillantez política ni de la hoja de servicios. Sólo de la voluntad del presidente, el único y gran elector. Y sus criterios para formar Gobierno son políticos, pero también personales, emocionales y hasta impulsivos. Si con una llamada les puede convocar al cielo, con otra les mandará al ostracismo, sin que puedan quejarse, por mucho que les duela.

Se avecinan días en los que algunos ministros -ya veremos cuántos- sentirán la punzada dolorosa de tener que abandonar su cartera. Todos, todos los ministros aspiran a continuar. Los que no se han quemado y los que sí se han quemado. El primer Gobierno de Rajoy ha acabado con la lengua fuera, dividido en dos bandos, uno capitaneado por los ministros políticos más veteranos y cercanos a Rajoy autodenominado G-8, y el otro liderado por la vicepresidenta. Además, la gestión y el periodo en funciones ha deshilachado el Consejo de Ministros. Hasta tres ministerios, Sanidad -Alonso se fue al País Vasco-, Fomento -Ana Pastor a la Presidencia del Congreso e Industria -José Manuel Soria tuvo que dimitir por el escándalo de los papeles de Panamá- permanecen vacantes y sus competencias han sido asumidas por otros ministros. Las personas de confianza de Rajoy coinciden en que, para su jefe de filas, hacer Gobierno es peor que un dolor de muelas. «Sufre de veras pensando que le hará una faena a quienes han trabajado con él». Ésa es la razón por la cual en los últimos cinco años, el presidente del Gobierno no ha destituido ni a uno solo de sus ministros y ministras. Se le han ido todos de forma voluntaria. En su primer Gobierno, Rajoy se rodeó de amigos: Jorge Fernández, José Manuel García-Margallo, José Manuel Soria, José Ignacio Wert, Ana Pastor. La composición y estructura del nuevo Ejecutivo dependerá de cómo el presidente resuelva el dilema amistad personal-necesidades políticas. Y también de cómo encaje dos piezas complejas que en los últimos cuatro años se le han desmandado: Soraya Sáenz de Santamaría y María Dolores de Cospedal. Mientras que en el caso de la vicepresidenta la duda reside en si mantendrá todas sus muchas funciones intactas -cosa que se duda en el PP-, la posibilidad de que la secretaria general del partido se incorpore al Gobierno plantea otra de las claves de la legislatura: el Congreso nacional del PP que se celebrará en los primeros meses del año. «Rajoy tendrá que decidir si es compatible o no ser ministro con la Secretaría General», aseguran fuentes del PP. Hace unos meses se daba por descartado que Cospedal no repetiría como secretaria general.

¿Qué se puede esperar del segundo mandato de Mariano Rajoy? Este periódico ha consultado con distintos dirigentes del partido y colaboradores del líder del PP y éstas son sus respuestas acerca de los dos retos pendientes: Gobierno y partido.

- Gobierno.

«El Gobierno anterior estaba diseñado exclusivamente pensando en la economía, en la estabilización económica del país y en cumplir con Europa. Esta vez el presidente tiene que nombrar a sus ministros pensando en la política».

«Rajoy tiene que inventarse en esta legislatura. En cierto sentido, se trata de volver a 1996, un revival de 20 años. Regresar al tiempo en el que era ministro de Administraciones Públicas con un diálogo permanente con los partidos que garantizaban la mayoría parlamentaria del Gobierno de Aznar. El PP y el Gobierno se levantaban cada día para construir la mayoría. Rajoy ha sabido leer muy bien lo que los españoles han querido decir y lo dejó claro en su discurso de investidura. Hemos renunciado al programa de máximos. La legislatura tiene que durar, pero ello va a depender sobre todo del nuevo PSOE. Será una legislatura de Estado. No una legislatura ideológica».

«La nueva realidad exige un diálogo y negociación constantes como método de actuación política. Como dice el presidente: etapa para comidas, cafés y cenas con todo el mundo. Ciudadanos tendrá interlocución especial y los miembros del Gobierno y la estructura del mismo deberán tener perfil y talante muy abierto y político».

- Partido.

«Será un mandato marcado por la otra gran tarea pendiente: el Congreso nacional del PP y todos los regionales y provinciales. La palabra renovación tiene connotaciones confusas, pero el espíritu de actualización del proyecto de partido en contenidos, ideas y personas será algo muy importante y Rajoy debe pilotarlo».

«En el próximo Congreso, tenemos dos opciones: o resolverlo con un parche, y mantener todo como está, con pequeños retoques. O bien hacer lo que hizo Aznar en 1990. Volver a pensar en un modelo de partido para el Siglo XXI. Del Congreso debería salir un partido más abierto, más democrático, con más debate. Y si no nos quedaremos atrás. El PP defiende las libertades, las pensiones, el Estado de Bienestar, y crea empleo, pero en la calle no se percibe así. El hecho de que Rajoy se presente como único candidato a la Presidencia del partido favorece los debates de fondo».

La Historia no suele conceder a personas, ni a líderes políticos, la posibilidad de reinventarse. A Mariano Rajoy, sin embargo, se la ha dado ya dos veces. La primera, tras la dolorosa derrota electoral del PP frente a Zapatero en 2008. Entonces enterró prácticamente el aznarismo en el Congreso de Valencia con un giro a lo que García-Margallo llamó «extremo centro». Los sondeos evidencian que la mayoría de los ciudadanos sitúa al PP más a la derecha de lo que sus dirigentes desearían, como fruto de la gestión sellada, opaca y poco dialogante de su Gobierno de mayoría absoluta. No obstante, los españoles y la oportuna división de la izquierda que ha hecho imposible una alternativa de Gobierno en dos elecciones generales le han dado a Rajoy una segunda oportunidad de la que el presidente del PP, según sus colaboradores, es muy consciente.

(Lucía Gómez, El Mundo)