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Begoña Huarte y Mikel Zuluaga: "Quieren hacer una división entre privilegiados y expulsados de la tierra"

Ha pasado poco más de una semana desde que Begoña Huarte y Mikel Zuluaga fuesen arrestados en Igoumenitsa, cuando trataban de ayudar a ocho refugiados a romper el cerco impuesto por Europa que les obliga a permanecer en Grecia. Cansados, insistiendo hasta el infinito en que el foco no tiene que estar puesto sobre los activistas sino en las personas demandantes de asilo, atienden a GARA por teléfono desde Atenas. Allí permanecerán hasta que cumplan con todos los trámites de la fianza. Esperan regresar a Euskal Herria para el fin de semana, aunque con la burocracia nunca se sabe. Les hubiese gustado llegar con ocho nuevos vecinos, aunque al menos consideran que el impacto mediático de su caso puede servir para impulsar la movilización popular.

- ¿Cómo se ideó la acción frustrada de hace una semana?

Mikel: Nos juntamos diferentes movimientos sociales que trabajábamos el tema de los refugiados y vimos que tenía unas dimensiones tan grandes que debíamos dar una respuesta. Nos planteábamos qué hacer, viendo que los gobiernos europeos no cumplían, no con los derechos humanos, sino con el cupo, con algo que habían firmado ellos mismos hace un año. Nos juntamos una serie de grupos, con discreción, y empezamos a trabajar.

Begoña: Era un contexto en el que la gente que iba allá (a Euskal Herria) iba a tener una protección, se estaba adecuando un hotel rural y hablando con instituciones y empresas pequeñas para buscar trabajos. La acción en sí era decisión personal, desobediente, pensando en que iba a salir bien. Luego saldríamos todos los grupos diciendo que se estaba haciendo en distintos lugares.

M: La decisión es nuestra, pero no de dos personas, sino que se amplía a diferentes círculos.

- Una vez en Euskal Herria, ¿cuál era el plan? ¿Cómo iban a garantizar los medios para la acogida de los refugiados?

M: La acción es simbólica. Nuestra intención era salir muchos colectivos denunciando que los gobiernos no cumplen y que a la ciudadanía consciente y los movimientos sociales no les queda otro remedio que actuar. Para estas personas habíamos preparado un lugar donde se está permitiendo estar a refugiados en tránsito. También se ha hablado con instituciones que se declararon de acogida, empresas, cooperativas… para buscar trabajo. Es un movimiento insumiso con todas sus características, combina la acción humanitaria con la política. No obstante, nosotros somos los desobedientes, los refugiados quieren libertad para andar y transitar libremente por el mundo, a ellos no se les iba a involucrar en la acción política.

B: La respuesta no iba a ser inmediata, no era llegar y hacer una rueda de prensa, sino preparar bien todo para salir los grupos y explicar qué estábamos haciendo.
- Nada más ser arrestados aseguraron que no se arrepentían de su acción y que ya estaban preparando nuevos modos para tener éxito.

B: Nosotros pensábamos que saldría bien. De todos modos, la repercusión que ha tenido ya nos está diciendo de alguna manera que ha servido, que se legitima. Se ha convertido una derrota en una victoria. Se ha llegado a la gente, se ha despertado esa sensibilidad, la gente entiende la denuncia que se hace desobedeciendo.

M: El movimiento social vasco, particularmente Ongi Etorri Errefuxiatuak, ha sabido transformar la derrota en victoria. En el momento en el que ves una barbarie comparable a otros exterminios en la Historia la desobediencia civil se convierte en una herramienta legítima de lucha, de despertar. Ya sabemos que son pequeños agujeros, pero el movimiento social tiene que buscar herramientas. Ongi Etorri Errefuxiatuak está haciendo una labor transversal, con otros movimientos, de modo que se creen herramientas que hagan moverse a los gobiernos. Tenemos las capacidades para traer a gente. ¿Que es de forma simbólica? Lo reconocemos. Pero también creando esos espacios que hagan que las leyes comiencen a cambiar.

- Han hecho hincapié en no poner el foco sobre su situación y centrarse en los refugiados. Cuando fueron arrestados trataban de ayudar a ocho personas a cruzar la frontera. ¿Qué historias se han encontrado?

M: Es verdad que no queremos particularizar, porque cada uno tiene una historia de dolor. Hablamos de gente que ha realizado un recorrido desde Afganistán, Irán, Pakistán o Siria. Por ejemplo, una persona transexual que venía con una trayectoria impresionante y dolorosísima, una persona que, por su propia situación de vida, tiene una vulnerabilidad terrible. Cada uno va contando una historia. Otro, que su ciudad estaba completamente bombardeada. Otro, víctima de la persecución política. Cada uno tiene una historia concreta y el conjunto es el que hace todo lo que está ocurriendo con los refugiados. Aquí se estanca mucha gente, se varan, muchísimas familias. Al ser familias es dificilísimo poder cruzar las fronteras. Quieren hacer una división entre los privilegiados de la tierra y los expulsados. En la mitad hay mucha muerte. El neofascismo quiere esa división. Unos ya pueden matarse o sufrir hambrunas, que son los prescindibles, mientras que otra parte del mundo se resguarda y vivimos de forma cómoda. ¿Cómo no vamos a intentar volver a hacerlo? Somos más humanos haciendo lo que hemos hecho.

- Seis de los refugiados quedaron en libertad y otros dos solicitaron asilo. ¿Qué les dijeron cuando se dieron cuenta de que la acción no tendría éxito?

M: Cuando la acción salió mal les dijimos que lo sentíamos de todo corazón y la forma de abrazarnos, de querernos, de agradecernos, fue inmensa. En comisaría, ellos mismos, según nos dijo la Policía, querían quedarse para que saliésemos nosotros. Son esos momentos de la vida en los que piensas que ha merecido la pena, aunque sea por ese pequeño momento, en tensión y con sufrimiento.

- Su acción también ha desatado una ola de solidaridad. ¿Cómo la valoran?

M: El recibimiento que tuvimos en el hotel Plaza, que es un hotel «okupado» de familias refugiados, no lo olvidaremos nunca. La llegada fue espectacular, todo el rato protección, cariño... El movimiento social aquí se ha movido muy bien, tanto que dicen que es la primera vez que se han vuelto a juntar desde la derrota que sufrieron tras el referéndum de 2015. Eso también nos da una alegría. En Euskal Herria esto tiene que potenciar que la gente se organice en torno a Ongi Etorri Errefuxiatuak. En abril, en el 80 aniversario del bombardeo de Gernika, vamos a intentar concentrar todas nuestras fuerzas.

- «No podemos quedarnos en decir que el Gobierno español no nos deja».

- Cuando fueron arrestados, tanto el Gobierno de Lakua como el de Iruñea mostraron su comprensión con los motivos de su acción pero rechazaron «las formas» por no ser legales. ¿Cómo lo valoran?

B: El mensaje es que «si no hacéis nada, es el movimiento popular el que tiene que hacerlo». No podemos quedarnos en decir que el Gobierno español no nos deja. Hay que presionar y hacer, al menos en lo que se han comprometido. Y si no lo hacen ellos, será el movimiento popular.

M: Si no se sabe gestionar bien esto, en Europa, en Euskal Herria, vamos a vivir mucho tiempo en tinieblas. No van a poder pararlo y vamos a vivir en tinieblas. Es importante que Europa tenga un corazón distinto.

- ¿Y el Gobierno español? ¿Hizo algún tipo de gestión?

M: Te llama para hacer la cortesía, pero no ha movido nada.

- Han mencionado que querían mantener relación con las instituciones que se habían declarado «de acogida». ¿Cómo valoran las acciones de estos ayuntamientos?

M: Las ciudades de acogida tienen dos aspectos. La mayoría de los ayuntamientos lo hacen con muy buena voluntad, pero más en la retórica que en la práctica. Hay mucha gente en Euskal Herria que está viviendo en una situación de vulnerabilidad total y hay que hacer que empiece a vivir con normalidad. Hay que crear unos compromisos para que tengan ese espacio de libertad total en Euskal Herria. Por otro lado, hay una tendencia a echar la pelota a hacia otro lado. «No puedo hacer porque el Gobierno no hace». «No puedo hacer porque Europa no hace». Si ves la barbaridad que existe, hay que hacer algo al margen de todo ese proceso burocrático que no funciona ni es real. No hay valentía para afrontarlo, las leyes están construidas de un modo pero hay que ir cambiándolas.

(Alberto Pradilla, Gara)