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Pimpinela a navajazos: cuenta atrás para Vistalegre II

Dos años después de su asamblea constituyente, Podemos afronta Vistalegre II (11 y 12 de febrero) con ambiente de guerra de guerrillas. Nadie puede negarlo, a pesar de que, en un primer momento, sus portavoces se abonasen a la idea de que eran los medios de comunicación los que promocionaban los enfrentamientos entre Pablo Iglesias, secretario general de la formación morada, e Iñigo Errejón, secretario político. Al final, la realidad se impuso y son habituales las escenas en medios y redes sociales que oscilan entre la disputa a lo Pimpinela y el acuchillamiento público. De aquí hasta el congreso que remodelará Podemos es previsible que asistamos a una exhibición de cartas, manifiestos, mensajes, contraataques y algunos mimos de cara a la galería entre «pablistas», «errejonistas» y Anticapitalistas, que son los terceros en discordia. Una vez que la votación de los inscritos reparta suerte podrá comprobarse si el partido morado firma la paz o si afronta el nuevo ciclo en el Estado español, el del regreso a la normalidad y cierre de élites, como la versión 2.0 de la eterna pugna entre «felipistas» y «guerristas» que marcó al PSOE.

Antes de analizar cómo ha llegado hasta aquí Podemos y qué puede ocurrir en los próximos meses, es básico delimitar el terreno de juego, para no confundir deseos con realidad y ganas de ajustar cuentas. La formación morada ha sabido jugar muy bien con lo emocional y, desde aquellas europeas de 2014 en las que dio la campanada, existen tanto «creyentes» dispuestos a comprar todo el relato construido por su dirección como detractores abonados al «te lo dije» que, ante cada error, voluntario o no, encuentran la excusa para certificar que Podemos «más-de-lo-mismo».

Aquí tiene una especial relevancia el concepto de «nueva política». Un término promovido por el partido morado que ha sido muy útil para construir antagonismos frente a PP y PSOE, pero que no sirve para analizar las intrigas palaciegas que actualmente lo condicionan. En especial, cuando se extiende la idea de que las pugnas internas solo reproducen lógicas de la «vieja política», lo que permitiría asegurar, con cara de satisfacción, que «todos son iguales». En mi opinión, este modo de leer la realidad es infantil e inútil. Porque parte de la premisa de que la fundación de un nuevo partido implicaría algo así como el nacimiento de una especie de «hombre-nuevo-soviético» alejado de los vicios y las virtudes de la persona anterior. Nada más lejos de la realidad. En dos años no se cambia la mentalidad, lo que implica que líderes y militantes de Podemos comparten taras con otros congéneres. Por muy renovador que uno pretenda ser, está condicionado por la ambición, la envidia o los celos, características todas ellas «humanas, demasiado humanas», en palabras de Friedrich Nietzsche. Todo ello en un contexto, el de la «madrileñización de la política», marcado por el ambiente cortesano, donde los cuchillos y las deslealtades juegan un papel fundamental. No es genético, sino un modo de hacer las cosas que se reproduce. En el caso de Podemos es más visible, ya que sus corrientes han decidido mantener la tensión en medios y redes sociales. Como decía recientemente el humorista Facu Díaz, ¿será el primer partido al que sus partidarios terminen pidiéndole menos transparencia?
En términos concretos, resulta complicado delimitar el fondo del debate de Podemos. Pero existe y tiene carga. También depende a quién se pregunte, ya que establecer categorías implica posicionarse en un terreno muy polarizado. Desde la óptica de los fieles de Pablo Iglesias, ellos representan las esencias del partido ante una facción excesivamente seducida por el trabajo institucional, partidaria de aliarse con el PSOE, más universitaria que «obrera» y que ha osado laminar la autoridad del secretario general maniobrando a sus espaldas y con el apoyo de grandes grupos mediáticos como Prisa. Desde la perspectiva de los seguidores de Errejón, la formación morada está en un repliegue identitario que le lleva a posiciones que identifican con el PCE (de donde proceden muchos de los «fichajes» que van con Iglesias), se ha olvidado la «transversalidad» para atrapar a los decepcionados del PSOE y, en clave interna, se ha instaurado una cultura de la «purga» dentro de una lógica plebiscitaria en la que el que gana los procesos internos se lleva todo.

Ambos compran la idea de «plurinacionalidad», aunque algunos con matices jacobinos y siempre con «España» en letras muy grandes. Recordemos que Euskal Herria sigue sin grupo propio en el Congreso. Nadie pone en cuestión a Iglesias como secretario general. La relación con IU crea tensiones entre quienes quieren acercarse, incluso orgánicamente, y los que quieren distancia. Habrá que esperar a escuchar las propuestas concretas en los debates precongresuales, si es que se producen. ¿Veremos un ‘‘Salvados’’ en el que Iglesias y Errejón protagonicen su primer cara a cara?

Hasta ahora la crudeza del combate ha estado en manos de los «segundos espadas». Es decir, el «pablismo» y el «errejonismo» son más beligerantes con sus rivales que sus propios líderes, que mantienen las formas. Un partido también se configura a través de las lealtades personales. En este punto, las liberaciones afectan, y mucho. No todo lo explica la ideología, aunque quede mejor el barniz de intercambio de ideas.

Por eso, se han vivido tiempos duros dentro del partido. Por ejemplo, el hastag #IñigoAsíNo con el que los «pablistas» dieron «un toque de atención» (en palabras de Pablo Echenique, secretario de Organización) al secretario político y portavoz parlamentario. Poco antes, Ramón Espinar se había impuesto a Rita Maestre en la carrera por la secretaría política de Madrid (ensayo de la batalla de febrero) y había destituido a José Manuel López como vocero en la Asamblea de la capital del Estado. Cada movimiento es interpretado como una afrenta y la pregunta que cabría en Podemos es si el nivel de beligerancia al que se ha llegado permitirá que las heridas cicatricen. ¿Cómo se sienta alguien a hablar de política con quien desarrolla una campaña en su contra aunque supuestamente sean aliados? ‘‘La Vida de Brian’’ nos enseñó que en el Frente Judaico Popular odian más al Frente Popular de Judea que a los romanos. Enemistades que suelen ser eternas.

Vivimos una época de velocidad vertiginosa y caducidad muy rápida. Basta echar un vistazo a la película ‘‘Política: manual de instrucciones’’, de Fernando León de Aranoa, para comprobar cómo en dos años pueden cambiar posiciones y afinidades. También hay elementos que no han variado en los dos años. Una clave: la lógica plebiscitaria planteada por Iglesias, que advierte que si su propuesta política es derrotada está dispuesto a abandonar el liderazgo de Podemos. Ya lo hizo en 2014 y lo repite ahora. La diferencia es que en aquel momento el órdago se planteaba contra los Anticapitalistas, convertidos en el «enemigo del pueblo» que cohesionaba al resto del partido. Ahora ese papel se le ha entregado, al menos en apariencias, a Errejón. ¿Podría terminar sufriendo la justicia poética de padecer las consecuencias de un modelo de «todo o nada» que él mismo ideó? Sus rivales le acusan, por lo bajini, de promover la imagen de sí mismo como víctima de una dirección intransigente y que ya no controla. Él, por el contrario, siempre ha argumentado que el modelo defendido hace dos años obedecía a una lógica de urgencia electoral que hay que «democratizar».

La primera batalla técnica se libró por el modo de votación de la Asamblea Ciudadana. Se impuso Iglesias por un exiguo 2% (41% frente al 39% de los «errejonistas»), lo que obliga a vincular el documento político a la lista de candidatos. El otro 10% se lo llevaron los Anticapitalistas, objeto del deseo de las dos corrientes mayoritarias. Sin sesiones en el Congreso y con la negociación presupuestaria en su «momento-reservados-de-restaurantes», la bronca interna de Podemos puede protagonizar el inicio del año. ¿Habrá cisma en febrero? No es habitual que la sangre llegue al río. Lo habitual sería un mes de discusión y una asamblea de abrazos.

(Alberto Pradilla, Gara)