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A pesar de los aprietes, los jugadores y sus representantes gremiales mantuvieron el paro en el fútbol. Otro partido perdido por el Gobierno

José Confalonieri (h), uno de los abogados de Futbolistas Agremiados, escuchó ayer del otro lado de la línea la voz de un viejo conocido: Iván Pavlovsky, el vocero del presidente Mauricio Macri. Le hizo una pregunta a la que siguió una afirmación: “¿Este paro no es político? Para mí es político…”. El letrado contó la anécdota en la mesa de negociaciones del Ministerio de Trabajo. El diálogo que mantuvo con el funcionario hay que colocarlo en el marco de los distintos aprietes que recibieron los jugadores y sus representantes sindicales para levantar el paro ratificado el jueves pasado. Las presiones, que legaron desde todos lados, fueron inútiles. Los jugadores no cedieron y este fin de semana tampoco habrá fútbol.

La cúpula que encabeza Sergio Marchi sintió los aprietes desde el Gobierno, por vía de la cartera que conduce Jorge Triaca. Se percibió en dos planos. El formal, con el dictado de la conciliación obligatoria por quince días. Y el informal, con gestos o llamadas parecidas en el tono a la del portavoz presidencial. Los dirigentes, desde la AFA o sus clubes, hicieron el resto. Son los mismos que despotricaban contra la Casa Rosada porque no depositaba lo adeudado del Fútbol para Todos y ahora, ante la agudización del conflicto, se transformaron en aliados circunstanciales de la casta empresaria que colonizó el Estado bajo el nombre de Cambiemos.

Los principales responsables de lo que pasa, de que el fútbol no pueda salir del pantano en que está sumergido, integran una lista larga. Son los funcionarios del gobierno, la comisión regularizadora de la AFA que conduce Armando Pérez y los principales operadores políticos entre los directivos, como Daniel Angelici, el presidente de Boca que amenazó con sancionar por igual a futbolistas y clubes que no se presenten a jugar. Un César futbolero a tono con estos tiempos.
En vísperas de una semana de creciente conflictividad laboral, con los docentes preparados para parar y marchar el lunes y martes próximos, más la CGT que convocó a una movilización ante el Ministerio de la Producción el mismo martes y el paro internacional de mujeres del miércoles, el gobierno ni siquiera pudo frenar la huelga de futbolistas.

Un hipotético logro en este caso –que los torneos se reanudaran– le hubiera otorgado una mínima cuota de alivio. Al menos por esa condición que suele atribuírsele al fútbol de “fertilizante estatal”. Con esas dos palabras lo explicaba el fallecido periodista Dante Panzeri en su célebre libro Burguesía y gangsterismo en el deporte de 1974. Si la huelga de Agremiados se levantaba, la gente habría tenido otro tema para comentar. Lo dijo ayer Pablo Moyano, del sindicato de Camioneros: “Ahora ni de fútbol podemos hablar, porque no hay fútbol”.

Hugo, su padre y presidente de Independiente, quedó en una situación incómoda. En tanto dirigente de fútbol, representa a las patronales que son los clubes en el largo conflicto donde la pelota no rueda desde diciembre. Ahora negocia desde otro lugar, pero cuando tuvo enfrente a Marchi durante una reunión que se produjo en la sede del gremio de Camioneros, le dijo: “Yo predico de la misma forma que vos”.

Moyano no es el único sindicalista que se transformó en empleador por ser presidente de una institución deportiva, donde además de futbolistas trabajan afiliados a UTEDyC, el gremio que reúne a los trabajadores de entidades deportivas y civiles. Hay en demasiados clubes. Algunos sufren de incontinencia verbal. Juan Carlos Crespi, el dirigente petrolero y vicepresidente de Boca; o Guillermo Imbrogno, sindicalista de la AFIP y subsecretario de River, conocidos por sus agravios contra los clásicos rivales, no contribuyen a un fútbol más respetuoso y humanizado.

En el gremio de futbolistas explicaron que la huelga no es política. Aducen que políticas son las coerciones recibidas para levantar el paro. Una fuente sindical recordó que desde el 29 de agosto pasado “se le venía avisando al Ministerio de Trabajo que podía pasar esto. O sea, que llegáramos a lo que pasa hoy, que tenemos jugadores con cuatro o cinco meses de sueldos adeudados”. Los jugadores son los mayores damnificados, pero no lo únicos. Matías Caruzzo, referente de San Lorenzo, contó ayer en el programa Líbero, por TyC Sports, que un colega de un equipo del Ascenso le dijo durante la asamblea en Agremiados: “Tuve que elegir entre comprarle una mochila para el colegio a mi hija o darle de comer”. El defensor dijo que hablaba desde su condición de “privilegiado” entre una mayoría de compañeros que la pasa mal.

Los clubes que no juegan en Primera División son los que peor están. El gobierno nacional retuvo de manera prolongada el dinero que les correspondía por el Fútbol para Todos y provocó que sus tesorerías entraran en cesación de pagos. El efecto dominó no demoró en producirse. En las instituciones del Ascenso –por ejemplo en Primera B– las sumas que el Estado no les pagó hasta asfixiarlas económicamente, representan entre el 50 y el 80 de sus presupuestos.

Agremiados desconfía de sus dirigentes. Por eso exigió en las negociaciones que el dinero fuera transferido directamente desde la AFA al sindicato, sin pasar por los clubes. Marchi ya había logrado hacerlo en ciertas ocasiones durante las gestiones de Julio Grondona y Luis Segura. Pero la Comisión Normalizadora revirtió esa política de pagos.

Hace alrededor de un mes, el ministro Triaca convocó a Agremiados para empezar a discutir el Convenio Colectivo de Trabajo. Ésa es la pelea de fondo que se viene, aunque postergada ad infinitum por este conflicto interminable que se dirime en varios terrenos. Entre la FIFA y Conmebol con la AFA. La AFA y el gobierno nacional. La Comisión regularizadora y los clubes. El bloque Ascenso-Interior y las instituciones más grandes. O las corporaciones mediáticas y los dirigentes en general.

En aquella reunión para hablar del Convenio, Triaca, quien hace honor a su apellido –su padre ocupó el mismo ministerio con Carlos Menem y en un contexto parecido, de destrucción del empleo y ataque a los trabajadores– admitió que más urgente era el problema de los salarios adeudados a los futbolistas. Hoy el conflicto sigue y no se avanzó ni un centímetro. Al contrario, se retrocedió más. La huelga solo lo deja más al desnudo y con la sensación rondando de que todo continuará como está.

(Gustavo Veiga, Página 12)