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Ragionare stanca (Máximo Pradera)

El escritor Cesare Pavese publicó en 1936 una colección de poemas titulada Lavorare stanca (Trabajar cansa). En España, cada vez trabaja menos gente (entre otras cosas porque aquí ya muere más peña de la que nace), pero eso no quiere decir que nos falten motivos para estar cansados. Una de las principales causas del agotamiento general es lo que podríamos llamar el nivelito del debate. Pareciera como si a medida que nos vamos extinguiendo como pueblo (Alberto Ruiz–Gallardón aprovecharía aquí para proclamar que esto es debido al gran número de mujeres que abortan por culpa de Zapatero), fuera también mermando nuestra capacidad para razonar y distinguir lo fundamental de lo accesorio, que es, junto al sentido del humor, uno de los principales rasgos de la inteligencia. Para decirlo en lenguaje de la calle: cada vez leemos y escuchamos más gilipolleces sobre los más diversos temas y eso anima a cada vez mayor número de indocumentados (entre los que me incluyo, yo no tengo la formación ni el criterio de Pérez–Reverte) a sumarse a la tontulia. Lo siento por Machado (archicitado en la reciente Moción de Censura), pero la España que muere y la que bosteza son ya cosa del pasado: ahora ya solo queda en pie la España cuñada.

De la misma manera que cualquiera que quiera ser padre debería superar un test de idoneidad, políticos y tertulianos, que son los grandes formadores de opinión pública, deberían también someterse a algún tipo de examen, como modo de filtrar el creciente número de majaderías que se escriben y se escuchan en este país.

Algunos ejemplos: ¿era tan difícil, en marzo de 2016, darse cuenta de que lo esencial en España era echar a Rajoy a cualquier precio? De la misma manera que no se podía dudar ni un solo instante entre Le Pen y Macron, ¿es posible vacilar al elegir entre un partido que nos roba y otro que no lo hace? Sobre todo cuando todo lo que tiene que hacer uno es abstenerse. Bueno pues a día de hoy, todo lo que le hemos oído a Pablo Iglesias es tal vez fui demasiado vehemente, en vez de metí la pata hasta el corvejón. Y eso que según el Principio Listerine, si un político reconoce un error o un defecto, el votante te entrega de inmediato algo a cambio, que es su confianza. «Cómo tendrá que ser de bueno Listerine (El sabor que odias, dos veces al día) para reconocer que sabe a rayos» es extrapolable a «Cómo tendrá que ser de sólido Pablo Iglesias para que no le importe admitir que le cegó el sorpasso».
Pedro Sánchez ahora nos parece el Fénix de los Ingenios, pero no olvidemos que hace tan solo dos telediarios iba diciendo por la calle que se iba a cargar el Ministerio de Defensa o que las víctimas de violencia de género tendrían que tener funerales de Estado. Era por decir esas cosas, no por pactar con los populistas, por lo que habría que haberle sacado de Ferraz a punta de pistola.

Los soberanistas han sustituido el derecho a ser oído (legítimo e inalienable) por el derecho a decidir (como si Catalunya fuera un feto y Neus Munté una madre preñada por Rajoy) y los medios de comunicación llevan meses dedicando tiempo y neuronas a debatir sobre un asunto que, del modo en que plantea, habría sido considerado irrelevante hasta en el Concilio de Nicea. Y eso que allí se discutió sobre el sexo de los ángeles.

El foco no hay que ponerlo en si Catalunya puede o no independizarse el 1º de octubre (que no puede, o yo mismo me alistaré en la Guardia Civil para impedirlo), sino en cómo hacemos para que los catalanes puedan ser oídos sin necesidad de que eso implique automáticamente que Junqueras y sus mariachis se constituyan, como en Ikea, en la República Independiente de Mi Casa.

Se me dirá que cada cual emplea el tiempo como mejor le parece, si no fuera porque los tontulianos, además de opinar sin ton ni son, exigen ser considerados periodistas. Un periodista es otra cosa. Es alguien capaz de distinguir lo fundamental de lo accesorio y que entre abrir un telediario con la última bobada de Puigdemont o de García Albiol o volver a denunciar por enésima vez que el PP ha recortado en un 25% el presupuesto para atajar la violencia machista, prefiere abrasarnos las neuronas con la tontuna del día.

Pavese tenía razón, trabajar cansa. Pero a juzgar por las cantidad de majaderías que nos toca escuchar al cabo del día, fatiga más aún una actividad que la mayoría de los españoles no consideran trabajo propiamente dicho, que es pensar.

Hoy Pavese habría titulado su poemario Ragionare stanca.

(Público)