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Las guerras de la era de la desinformación

Rusia lidera la pugna entre estados, usando el ciberespacio y las redes sociales como el nuevo teatro de operaciones

La nueva Guerra Fría se diferencia de la anterior en que vivimos en un mundo globalizado y la construcción narrativa del conflicto se convierte en un elemento fundamental

"El mensaje hacia fuera es un cuestionamiento constante, se trata de señalar la hipocresía y el doble rasero occidental” (Jesús Manuel Pérez Triana, analista de seguridad y defensa)

"La mentira tiene algo muy bueno: miente que algo queda” (Carles Pont, coordinador de Polcom)

"La cultura de la desinformación no necesariamente viene a partir de las redes sociales. Los poderes fácticos tienen mucho interés en despolitizar a la sociedad para que sea más manipulable y vulnerable” (Salvador Percastre)

Puestos en contexto, los 2,12 millones de tweets de supuestas cuentas automatizadas rusas durante las diez semanas anteriores a las elecciones de 2016 en EEUU suponen solo el 1% de los tweets sobre los comicios

"Cuanto más sofisticada es la técnica [de un ciberataque], más hay que apuntar a un Estado (Miguel Rego, analista y exdirector del INCIBE)

A medida que ha avanzado la digitalización de nuestras sociedades, la lucha de poder entre estados ha traspasado al ciberespacio como nuevo teatro de operaciones. La propaganda política y la desinformación –implícita en cualquier pugna-, han inundado Internet y las redes sociales. Y Rusia es uno de los estados que más ha desarrollado esta nueva estrategia de las guerras híbridas que combinan las operaciones físicas con la guerra de la información y los ataques cibernéticos, acciones que otorgan una ventaja asimétrica respecto a los demás estados y cambian los papeles en la mesa de negociación.

En los últimos años Rusia ha sido acusada de interferir en diferentes procesos democráticos. El más destacado han sido las elecciones presidenciales estadounidenses de 2016. También Rusia aparece detrás de ataques cibernéticos a infraestructuras básicas como el NotPetya. A nivel militar, Rusia ha estado realizando pruebas en la frontera occidental con las Repúblicas Bálticas, sin olvidar la guerra de Ucrania y la anexión de Crimea, así como la intervención en Siria, la primera intervención militar del Kremlin fuera de las antiguas fronteras de la Unión Soviética desde la Guerra Fría o el caso del intento de asesinato del ex espía ruso Serguei Skripal en el Reino Unido, que ha provocado una cascada de reacciones diplomáticas.

- Las guerras híbridas.

Todas estas acciones de Rusia apuntan a que en la última década y media se ha ido gestando lo que algunos expertos denominan la Nueva Guerra Fría. “Un periodo de rivalidad entre dos potencias [Estados Unidos y sus aliados contra Rusia] que supone el choque de intereses geopolíticos pero también de modelos políticos e ideológicos”, explica Jesús Manuel Pérez Triana, analista de seguridad y defensa y autor del libro Guerras Posmodernas. El Kremlin, según Triana, rechaza el modelo occidental de democracia liberal a favor de un modelo político nacionalista y populista.
Esta Nueva Guerra Fría se diferencia de la anterior en que vivimos en un mundo globalizado. Así pues, los medios de comunicación e Internet, es decir, la construcción narrativa del conflicto, se convierten en un elemento fundamental.

Rusia se dio cuenta de ello en la guerra de Georgia de 2008, cuando los rusos ganaron gracias a una superioridad numérica pero no cualitativa. Según Nicolás de Pedro, investigador del CIDOB y responsable del programa sobre Rusia y Eurasia, el Kremlin llegó a la conclusión de que había perdido la batalla informativa. Así pues, decidió renombrar su canal de comunicación al exterior –de Rusia Today a RT- y plantearlo, ya no simplemente como un medio para darse a conocer, sino como una herramienta para generar tensión en Occidente.

Moscú se volcó en medios para identificar las vulnerabilidades de las democracias occidentales y multiplicarlas a través de los medios de comunicación y las redes sociales. “Cuanto más debilite a Occidente, más dispuesta estarán la UE y la OTAN a aceptar los términos propuestos por el Kremlin en la mesa de negociación”, concluye de Pedro.

Un ejemplo de ello es la línea editorial de RT. La versión en español está más posicionada a la izquierda, con un mensaje antiamericano y anticapitalista. En cambio, RT en alemán toma el mensaje de la derecha extrema xenófoba y antiinmigración. “El mensaje hacia fuera es un cuestionamiento constante”, apunta el investigador del CIDOB. “Se tratar de señalar la hipocresía y el doble rasero occidental”, añade J.M. Pérez Triana.

- El salto a las redes sociales.

A partir de 2011, las primaveras árabes ponen de manifiesto la capacidad de movilización política de las plataformas digitales de Twitter y Facebook. A finales de ese mismo año empiezan una serie de manifestaciones en Moscú. La figura de Alexander Navalny, el máximo opositor de Putin, toma relevancia por sus vídeos en Internet criticando la corrupción del Kremlin. A esto se le añade el EuroMaidan Ucraniano en 2013, una ola de protestas en el país que exigen una mayor integración europea.

“El Kremlin entra en una especie de paranoia, interpretando que Twitter está controlada por la CIA y convencidos de que hay una estrategia de Occidente y EEUU para derribar el poder del Kremlin”, interpreta Nicolás de Pedro. “Todo lo ven como parte de un gran entramado. Ellos piensan que están siendo reactivos”, concluye.

Esta perspectiva queda plasmada en un discurso de 2013 de Valery Gerasimov, el Jefe de las Fuerzas Armadas rusas, donde expone que Rusia debe prepararse para combatir una nueva guerra híbrida. A partir de ahí, Rusia elabora una serie de herramientas para poner en marcha operaciones de desinformación sofisticadas y masivas: crea un conglomerado a partir de las agencias de información rusas existentes –con RT y Sputnik (2014) para el exterior, a la vez que controla todas las televisiones nacionales menos una- y desarrolla la fábrica de bots y trolls, la Agencia de Investigación de Internet (IRA en sus siglas en inglés), para inundar las redes sociales.

Su primera gran intervención son las elecciones norteamericanas de 2016. Twitter identificó 3.814 cuentas relacionadas con la IRA y Facebook anunció que se habían destinado 100.000 dólares a comprar 3.000 anuncios desde cuentas falsas provenientes de Rusia. Por ello y otras pruebas, el Departamento de Justicia de Estados Unidos imputó a 13 ciudadanos rusos por acarrear acciones políticas y violar las leyes nacionales, después de una larga investigación realizada por el fiscal Robert Mueller.

- La desinformación como arma política.

Rusia aprovecha el espacio abierto de Internet que en cierta manera democratizaba la información y lo contamina con información falsa para crear ruido y confusión. A parte de las elecciones norteamericanas, Rusia ha sido acusada de injerencia en otros procesos democráticos polémicos como el Brexit o el referéndum catalán.

“El objetivo es cerrar la democratización del discurso en redes”, comenta Salvador Percastre, investigador del Grupo en Comunicación, Medios y Democracia (Polcom) de la Universidad Pompeu Fabra (UPF). Para Nicolás de Pedro, “la estrategia es transformar elementos que pensamos que eran fortalezas del sistema democrático en vulnerabilidades estratégicas”.

“La mentira tiene algo muy bueno: miente que algo queda”, apunta Carles Pont, coordinador del Grupo de Investigación Polcom. “Aunque después quieras combatir el rumor, difícilmente llegarás a todas las personas que lo escucharon”, añade. Rusia aplicó esta misma teoría en el derribo del avión de Malaysia Airlines en la guerra de Ucrania. Cuando Rusia se dio cuenta que no era un avión militar sino civil, sacó una batería de teorías falsas para ocultar la verdad del hecho.

Sin embargo, tanto Salvador Percastre como Carles Pont argumentan que las mentiras han existido siempre y se han utilizado en todas las guerras, desde la guerra de Cuba, la de Vietnam o la I Guerra del Golfo. Ahora simplemente se han trasladado donde se generan las discusiones democráticas: en las redes sociales.

“Considerar que el ciudadano vota solamente en función de la información en redes sociales es erróneo”, afirma Pont. Para los investigadores, hay una hibridación y transmediación del acceso a la información gracias a la cual la desinformación en redes tiene un impacto menor. La ciudadanía continúa informándose mayoritariamente a través de la televisión, utilizando las redes como canal de fondo, y legitima los medios de comunicación tradicionales como eje central de las discusiones en redes.

El último análisis postelectoral de 2016 del Centro de Informaciones Sociológicas de España estima que el 50% de la población se informa regularmente por televisión. En cambio, un 28% lo hace a través de periódicos digitales y un 17,5% a través de las redes sociales.

“La cultura de la desinformación no necesariamente viene a partir de las redes sociales. Los poderes fácticos tienen mucho interés en despolitizar a la sociedad para que sea más manipulable y vulnerable”, argumenta Salvador Percastre, que ve este trasfondo en la homogenización ideológica de los partidos políticos.

Asimismo, la incidencia de la campaña rusa en las elecciones norteamericanas cambia si se ponen las cifras en contexto. Los 2,12 millones de tweets que Twitter identificó con cuentas automatizadas rusas durante las diez semanas anteriores a los comicios constituyeron el 1% de todos los tweets sobre las elecciones y el 0,49% de las impresiones. Para Sean Kanuck, consultor estratégico en ciberseguridad para el gobierno de EEUU y varios think-tanks, tras la investigación no ha sido probado que Rusia alterase el resultado de las elecciones.

- Regulación en redes.

Aún así, el hecho de que Rusia esté destinando una cantidad importante de recursos a campañas de desinformación es algo preocupante para la mayoría de expertos. En concreto, invirtió 1,25 millones de dólares en las elecciones estadounidenses y destina 190 millones de dólares al año en el funcionamiento de RT, según el informe elaborado por EEUU. La pregunta es, pues, cómo combatirlo. Y aquí Rusia juega con ventaja.

Regular las redes en las democracias occidentales tiene un alto coste social en materia de libertades. A nivel europeo, la UE ha lanzado varias iniciativas para contrarrestar la batalla informativa. Una de ellas es la campaña “EU versus Desinformation” desarrollada por el East Stratcom Team (Equipo de Estrategia Comunicativa para el Este), que contabiliza los casos de noticias falsas.

Aunque por el momento las mismas plataformas se encargan de autorregularse. “La democratización en las redes también está condicionada por los algoritmos de búsqueda. Hoy en día, los que poseen los medios de producción, Facebook y Twitter, son empresas que determinan lo que ves según quién paga”, argumenta Salvador Percastre.

Además, la mala prensa que recibieron Facebook y Twitter tras las acusaciones de injerencia rusa en el proceso democrático de su país les forzaron a tomar cartas en el asunto: colaboraron en la investigación, pidieron disculpas y enviaron avisos a los usuarios .

El reportaje Inside Facebook’s Hellish Two Years (Dentro de los dos años infernales de Facebook), elaborado por la revista tecnológica The Wired tras entrevistar a 51 trabajadores de la empresa, revela el calvario por el que Mark Zuckerberg ha pasado estos dos últimos años tras verse obligado a tomar cierta responsabilidad sobre el contenido que se publica en su plataforma. El reportaje concluye que Facebook ha virado su política de empresa hacia una que no solo contemple el beneficio económico sino también el social.

Sin embargo, el último escándalo de Facebook ha vuelto a poner a la compañía entre las cuerdas. La empresa de marketing político Cambridge Analytica ha usado la información de 87 millones de perfiles de Facebook obtenidos sin su consentimiento para crear un sistema de publicidad personalizada, un hecho que Facebook conocía desde 2015. En una semana, las acciones de la compañía cayeran un 12%.

Mark Zuckerberg en persona, antes de declarar ante el Congreso de Estados Unidos, se disculpó de la filtración en una entrevista en la CNN y pagó un anuncio de página entera en periódicos estadounidenses y británicos para dejarlo claro: “Tenemos la responsabilidad de proteger tu información. Si no somos capaces, no la merecemos”.

El ciberespacio es el otro tablero de operaciones de la guerra política, con la ventaja que los ataques son más difíciles de prever y los agresores más difíciles de identificar. Los ataques van contra infraestructuras y empresas esenciales para el funcionamiento de un país –como el ataque que dejó entre 6 y 12 horas a Ucrania sin electricidad en diciembre de 2016-, a ataques contra sistemas electorales o ataques sincronizados con operaciones militares.

- El escenario ciberespacial.

“Rusia ha sabido integrar y sincronizar los componentes cibernéticos y de la información con otras medidas en zonas grises de conflicto y en operaciones militares convencionales”, describe Piret Pernik, investigadora del think-tank estonio el Centro Internacional de Defensa y Seguridad (ICDS en sus siglas en inglés).

Los ataques cibernéticos relacionados con la guerra de la información constituyen alrededor del 20% de los ataques en el ciberespacio, incluyendo el espionaje y el hacktivismo . De acuerdo con los datos de 2017 presentados por la plataforma Hackmaggedon, la mayoría, el 77%, tienen una motivación económica, es decir, son cibercrímenes.

“Cuanto más sofisticada es la técnica, más apuntaría a un estado”, argumenta Miguel Rego, analista de seguridad, exdirector del INCIBE (Instituto Nacional de Ciberseguridad) y actual socio de iHackLabs. Para Rego, el problema está en que no pasamos los controles de software necesarios para detectar los 10 o 15 fallos que se generan por cada 1.000 líneas de código.

Sin embargo, los mayores peligros recaen en operaciones cibernéticas promovidas por estados como el Wannacry por Corea del Norte o el NotPetya por Rusia (http://www.lavanguardia.com/internacional/20170627/423728612720/ciberataque-ransonware-wannacry.html), que en junio de 2017 inhabilitó el 10% de los ordenadores ucranianos y supuso costes financieros de 1.000 millones de dólares a Australia, Canadá, Nueva Zelanda, Reino Unido y Estados Unidos. Y estos han sido solo el inicio.

Los tres expertos consultados concuerdan que el problema para hacer frente a los ataques cibernéticos no está en la capacidad tecnológica sino en la falta de un marco legal y de voluntad política. Tanto Pernik como Kanuck consideran que la respuesta de Estados Unidos a la injerencia rusa ha sido blanda. El escrito de acusación elaborado por Robert Mueller no menciona al gobierno ruso ni acusa a los individuos citados de espionaje o de violar leyes internacionales. “Esto deja una puerta abierta al Kremlin para negar las acusaciones o condenar particularmente a los individuos”, afirma Sean Kanuck.

Además, los intentos de regular el ciberespacio a nivel diplomático han fracasado en la realidad. “Casi cualquier norma propuesta ha sido violada por uno o más estados que la apoyaron”, afirma Kanuck. “El siguiente paso sería generar una estrategia efectiva para alcanzar un equilibrio estable en el ciberespacio en el que los estados sean disuadidos de realizar operaciones maliciosas en tiempos de paz”, explica el analista.

Según Pernik, Occidente debería responder más agresivamente a la hora de atribuir los ataques a Rusia justo después de que se produzcan e imponer sanciones que tengan un impacto real en su economía. “Rusia no ha respetado la ley internacional y no es probable que cambie este comportamiento sin sufrir costes mayores”, avisa Pernik.

Tanto Reino Unido como Estados Unidos o la China están destinando millones de dólares para preparar sus fortalezas cibernéticas. La maquinaria está en marcha, pero los roles y las reglas del juego ya no están tan claras.

(Clara Roig, La Vanguardia)