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Guerra al amor (Cayetana Álvarez de Toledo)

Cada tanto el diario El País convoca a sus columnistas y colaboradores a una reunión de confraternización y debate. El último encuentro tuvo lugar el pasado miércoles en la sede del periódico, calle Miguel Yuste. No estaban todos los que son -faltaron algunas mentes brillantes y todos los jóvenes politólogos-, pero sí había materia gris suficiente como para estimular una conversación fértil sobre los primeros asuntos políticos y culturales de nuestro tiempo. Por ejemplo, se podría haber hablado a fondo, hasta donde duele, sobre la nueva ola feminista y sus resacas. Esas que arrastran a un conservador como Catalá en brazos de una disolvente como Montero. O que empujan a un jefe de Opinión a declarar públicamente que tendría que haber "invitado" a un columnista "a corregir su texto" sobre La Manada la misma semana en que la profesión se encaramaba al hashtag #LibertadDePrensa. Pero no pudo ser. La discusión discurrió plana y mansa sobre el futuro del periódico: papel, digital, abierto, cerrado, yo qué sé. Y cuando, agotados el tema y la tarde, Félix de Azúa tomó la palabra para interpelar a José Ignacio Torreblanca sobre su cuasi o incluso post censura, Juan José Millás le cortó el paso: "Lo que escribiste es una barbaridad". Juan Cruz -que me inspira simpatía a pesar de la tosquedad de su ataque ad hominem en Twitter: "Que Álvarez de Toledo se erija en definidora de la libertad de expresión produce perplejidad"- sumó su verbo a la barricada. El debate abortó en murmullo. Y el director, Antonio Caño, levantó la sesión. ¡Todos arriba! Incluidas Rosa Montero y Elvira Lindo. Y así la verdad tuvo que abrirse un hueco en los corrillos, donde la intimidad suaviza la intimidación. Félix Ovejero, que de flagelos identitarios sabe mucho, insistió en la idea del último artículo de Francesc de Carreras: hay que combatir al nuevo feminismo como no combatimos al viejo nacionalismo, porque su raíz dogmática, enemiga del individuo y de la igualdad, es la misma, y porque el resultado de no hacerlo es la ruptura de la convivencia. (Véase lo que va a suceder hoy en Barcelona, zona cero). Y Juan Luis Cebrián, pronto ex presidente también de El País, viejo conocedor y hasta forjador de los usos sociales españoles, apuntó con resignación: "Con el nacionalismo todavía, pero con el feminismo... ¡A ver quién se atreve!". Y este es el periódico que encarna en España el espíritu de Mayo del 68.

He leído como un sabueso todo lo que se ha ido publicando sobre el medio siglo de Mayo. Inevitablemente, la mayor parte es ropa vieja. Reflexiones del 88 y el 93, ligeramente actualizadas. Alguna reivindicación podémico-simplista, valga la redundancia: ¡La revolución continúa! Introuvable... Alguna crítica a la manera de Sarkozy en el polideportivo de Bercy, año 2007: Mayo, origen de todos nuestros males, de Trump a Puigdemont y su xenófobo testaferro. Y un par de bellos homenajes a la nostalgia personal. Sin embargo, lo que nadie ha destacado -tampoco Marc Bassets en sus pulcras crónicas francesas- es lo que otorga a Mayo, en este preciso aniversario, un interés singular. El punto -llamémosle G, ja- donde podrían converger intelectualmente una liberada de entonces con un liberal de hoy: el estallido de la libertad sexual. En el caso de El País, si la omisión no es política, habrá que concluir que es freudiana. Porque el sexo, gustarle, le gusta. Y si no recuperen la larga crónica que publicó ayer sobre el centenario del nacimiento de Richard Feynman. Desde el título, "El Premio Nobel que investigaba en bares de striptease", hasta el último párrafo, donde se le imputa moralmente una cita que se reconoce apócrifa, todo el texto segrega el sudor ácido de la censura sexual. Es puro espíritu ahora de Mayo del 18. Hay más párrafos dedicados a sus escarceos con putas y a sus trifulcas con feministas que a sus decisivas aportaciones a la mecánica cuántica o la nanotecnología. Incluso se recupera una columna escrita hace 20 años por una tal Lipman en una revista del Instituto de Tecnología de Massachusetts para subrayar el "auténtico problema" de hombres como Feynman: "¿Cómo puede una aspirante a científica identificarse por completo con él. Es sólo una señal más de que ella nunca podrá ser realmente una de ellos". El presunto genio, en realidad enemigo de la mujer, macho a derribar. Y así, crónica a crónica, los periódicos van ampliando el eco de este feminismo reaccionario y con sed de injusticia. ¿Feynman? Listo, sí, pero un pedazo de guarro. ¡Que le quiten el Nobel! Ah no, que está muerto. ¡Pues póstumamente! A él y a todos. A todos.

Los periódicos, vanguardia y reflejo de la cultura que propició y expandió la libertad sexual en Francia, España y más allá, se están volviendo contra ella. No sólo no la defienden, sino que la atacan, hasta en el frente más sensible, el de la pena privativa. Lo ha advertido -sigamos en El País para ser justos- el catedrático José Luis Díez Ripollés: salvo excepciones, los periodistas se han apuntado a la demolición del modelo moderno de Derecho Penal basado en la protección de la libertad sexual del individuo. ¿Y qué proponen en su lugar? El viejo paradigma moralista y autoritario. Que grita «¡no es no!», sea lo que sea. Que pretende castigar por igual un beso que un acceso carnal, si no son consentidos. Que analiza todo lo que esté relacionado con el sexo con un grado de prevención propio de una comunidad amish o una madrasa islámica. Esta es la paradoja, y el interés, de las conmemoraciones de Mayo: los que impugnan su legado cultural no son sus adversarios tradicionales sino sus antiguos defensores y beneficiarios. Y lo impugnan cuando esa parte de su legado es la única que merece ser defendida. Porque, al contrario de la política -psicodrama-, la de las costumbres sí fue una revolución. Concreta, positiva, científica, ¡trouvable! Nació de la píldora, que separó el placer de los pañales. Incorporó a la mujer al trabajo a tiempo completo y al multiorgasmo. Y desafió el paternalismo, entonces conservador y masculino; hoy transpartidista y transexual, eminentemente victoriano. "¡Faites l'amour, pas la guerre!", gemían. Ahora mascullan, con el rictus seco: Ni amor ni guerra. O incluso: Guerra al amor.
El espíritu de Mayo del 68 ya no existe. Pero no porque haya muerto, sino porque ha sufrido una escisión. Lo que tuvo de malo pervive, avanza, prosigue su labor de erosión: el relativismo, la inanidad, la irresponsabilidad, la disolución de las jerarquías, el carnaval y, sobre todo, la fragmentación del sujeto oprimido en cien categorías identitarias distintas -mujeres, homosexuales, negros, ecologistas, nacionalistas de distinto cuño y terruño- hasta la eclosión definitiva de la ciudadanía. Y su enfrentamiento civil. Lo que tuvo de bueno, en cambio, retrocede, víctima de la traición de sus herederos. Hasta el punto de que sería posible dibujar en la arena, bajo los adoquines, un extraño cambio de alianzas: Raymond Aron -el más sabio, eficaz y vehemente crítico de Mayo, que de sexo dijo poco pero de la libertad absolutamente todo-, de este lado de las barricadas.

(El Mundo)