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La crisis de Estado y la insurrección del verbo

“No vimos llegar Mayo del 68, ni tampoco lo vimos partir”, escribiría años después Maurice Grimaud, prefecto de la policía de París en la época.

La revolución, que nunca fue una revolución pero puso en jaque al Estado francés, había empezado en invierno con reivindicaciones como el acceso de los chicos a los dormitorios de las chicas en el campus universitario de Nanterre, en las afueras de la capital. Era una Francia próspera que “se aburría”, como escribió en marzo un editorialista del diario Le Monde, unas semanas antes de que estallase la triple crisis: la revuelta estudiantil a partir del 3 mayo; la movilización obrera a mediados de mes; y finalmente la parálisis en la cúspide del Estado que, en algunos momentos, se pareció a un vacío de poder.

La crisis se marchó como había llegado: el orden se impuso, los estudiantes regresaron a las aulas, los obreros a las fábricas y las familias se marcharon a veranear, no sin antes haber dado una victoria rotunda al partido del general De Gaulle, presidente desde diez años antes, en las elecciones legislativas del 30 de junio.
En los días de mayo nadie sabía qué ocurría al día siguiente, y muchos veteranos reconocen ahora que no entendieron lo que estaba ocurriendo: eran protagonistas de una historia sin guion, una épica que se escribía día a día. Unos creían que hacían la revolución; los otros temían la guerra civil. Nada de esto.

“Fue un movimiento de democratización, espontáneo, pacífico en lo esencial, no revolucionario. Cristalizó los cambios que, de forma subterránea, estaban en marcha en la sociedad francesa y que se tradujeron en una liberación de la vida cotidiana, familiar y personal, y también de las organizaciones escolares, universitarias, empresariales”, dice en su despacho del diario Libération, que dirige, Laurent Joffrin, autor de Mai 68. Une histoire du mouvement (Mayo del 68. Una historia del movimiento).

Si hubiese que elegir una fecha del inicio de la revuelta, sería el 22 de marzo, cuando los estudiantes ocuparon la torre central de la administración en Nanterre. El 3 mayo, la policía evacuó la Sorbona y se produjeron los primeros altercados. El día anterior, el primer ministro, Georges Pompidou, había iniciado un viaje a Irán. Aquel mes estuvo lleno de ausencias de las autoridades, un desconcierto en la cúpula que alimentó la crisis. El 10 de mayo fue la noche de las barricadas, “la jornada clave de Mayo, la que transforma las peleas en batalla […], la que abrirá las puertas del sueño insurreccional y hará detonar la huelga general y la crisis de régimen”, escribe Joffrin. Entonces entraron en escena los sindicatos y el Partido Comunista, a la vez la oposición más sólida a De Gaulle y tácitamente garante de la estabilidad ante una revuelta que le desbordaba. El pulso, en medio de las estrategias contradictorias entre De Gaulle y Pompidou y con el país paralizado, desembocó en los acuerdos de Grenelle con los sindicatos, el 27 de mayo. El rechazo inicial de las bases a los acuerdos dejó abierta la crisis. Ocurrió entonces uno de los episodios más extraños de Mayo del 68: la desaparición de De Gaulle y su viaje secreto a Baden-Baden, en Alemania, el 29 de mayo, donde estaban estacionadas algunas de las mejores unidades del Ejército francés. ¿Fuga en plena depresión anímica de viejo coloso ya en declive? ¿Movimiento táctico del astuto militar de la Francia libre?

Al día siguiente, el 30 de mayo, pronunció por radio un discurso breve pero efectivo. La frase clave: “Si esta situación de fuerza se mantiene, yo debería, para mantener la República, tomar, de acuerdo con la Constitución, otras vías que el escrutinio inmediato del país [las elecciones legislativas anticipadas]. En todo caso, por todo el país y en seguida, debe organizarse la acción cívica”. Por la noche decenas de miles de gaullistas de concentrarían en los Campos Elíseos de París.

“La fiesta ha terminado”, analiza Joffrin en su libro. “Al agitar […] el espectro de la guerra civil, [De Gaulle] levanta el tabú de la muerte humana. Nadie hasta entonces ha querido matar; él lo hará, si es necesario. Para nadie Mayo del 68 es una lucha a muerte. Es una insurrección de verbo”. De Gaulle, continúa, “ataja la crisis con la descripción precisa, técnica, de la fuerza desnuda”. “Militantes del simulacro […], los revolucionarios de mayo están dispuestos a todo, excepto a la verdadera revolución”.

El balance fue de cinco muertos. Tres —un estudiante que se ahogó en el Sena, un obrero tiroteado por la policía, y otro que cayó de un muro— ocurrieron durante protestas en junio, cuando la crisis ya estaba atajada. En mayo habían muerto un policía en Lyon y un estudiante que murió por arma blanca en París. Cinco muertes trágicas, pero lejos del baño de sangre hubiera podido ocurrir y hubiera desencadenado una verdadera revolución, y no un simulacro.

El prefecto de París, responsable último de la policía y del orden público, fue uno de los héroes discretos del mayo francés. Su carta del 29 de mayo a los agentes de la policía ha quedado como un ejemplo para la gestión de crisis. “Pegar a un manifestante que ha caído al suelo es golpearse a sí mismo, dando una imagen que daña a toda la función policial”, decía. “Recordad y repetidlo a quienes os rodea: siempre que una violencia ilegítima se cometa contra un manifestante, decena de camaradas querrán vengarlo. Esta escalada no tiene límites.”

Lo peor se evitó. “En esta guerra”, concluía Grimaud en sus memorias, “nadie pensó seriamente que había que reducir al adversario únicamente por medio de la fuerza. Una cierta contención acabó siendo más fuerte que la doble tentación de la violencia revolucionaria y de la represión ciega. Ciertamente, en ambos lados nos habíamos acercado con frecuencia a la línea roja, pero nunca la franqueamos deliberadamente. Esta fue la verdadera victoria de Mayo”.

(Marc Bassets, El País)