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Inge Schilperoord: "Nadie sabe por qué hay adultos que se enamoran de niños"

“Soy un buen hijo. Limpio la casa, cocino como nadie y juego a las cartas con mi madre. No me considero una mala persona, se me da bien cuidar a los demás, pero tengo que aprender a controlar mis actos”. Así es como se define el pedófilo que Inge Schilperrord (La Haya, 1973) ha creado para protagonizar su novela No volverá a pasar (No tornarà a passar, en su edición en catalán).

Inspirándose en una persona real, la autora, que es psicóloga forense y trabaja para el sistema judicial, muestra la mente y los pensamientos de Jonathan, un treintañero recién salido de prisión tras ser acusado de abusar de una niña y, posteriormente, ser absuelto por falta de indicios. El hombre, que relata la historia en primera persona, libra una batalla constante contra sus pulsiones convirtiéndose en víctima de sí mismo.

La obra de Schilperrord, que ha recibido numerosos elogios de la crítica belga y ha sido distinguida con el premio Bronzen Uil como mejor debut literario, plantea preguntas sobre los esfuerzos de la sociedad para tratar con aquellos cuyos deseos sexuales violan sus normas y estándares, y la lucha de esas personas por detener sus impulsos.
- ¿Por qué se decantó por el tema de la pederastia para su primera novela?

- No fue una elección consciente. La historia originalmente tenía que ser una narración breve que acabó en un cajón. Luego, escribí otras historias, pero siempre me remitía a ésta porque me interesaba. La lucha que libra el protagonista se basa en una persona que existe y que conocí a través de mi trabajo. Y esa lucha me fascinaba.

- ¿También le preocupaba?

- Mientras escribía la novela siempre me sentía un poco nerviosa porque pensaba que sería difícil publicarla porque es un tema muy sensible, pero me intrigaba tanto que continuaba escribiéndola. Para mí, es una historia universal, que va más allá de la pedofilia.

- Su principal objetivo era retratar la lucha de una persona contra lo que le dictan sus instintos.

- Exactamente. Algunas personas me preguntaron por qué escribí esta narración desde el punto de vista del psicópata y no de la niña [Elke], como si fuese una delincuente. Pero eso no es lo que me interesaba, sino la batalla que el hombre libraba consigo mismo. Cuando lo conocí en mi trabajo, me di cuenta de lo terrible que debe ser vivir con algo así.

- Explíquese.

- Yo había conocido otros delincuentes sexuales, pero por supuesto no todos eran como él. A algunos de ellos no les importaba lo que le pudiera ocurrir al niño del que abusaron. Pero este hombre sufría, estaba torturado, evidentemente también porque estaba en la cárcel. Él no quería ser así. Y eso es lo que me interesó: si algo lo sientes dentro de ti y no lo quieres, ¿cómo tratas con ello?¿cómo consigues eliminarlo?

- ¿Este hombre que inspiró el protagonista de su libro consiguió superar sus instintos?

- No lo sé, no sé dónde se encuentra actualmente, aunque sería interesante saberlo. Él estaba encerrado en sí mismo porque todavía tenía ese deseo o pulsión y se acogía a toda suerte de tratamientos, pero todo lo que aprendía de la terapia lo utilizaba de manera compulsiva y agresiva. Pensaba: “Esto lo puedo hacer”, “no debería pensar en esto otro”, “voy a hacer esto, aquello…” y eso acumuló mucha tensión en él.

- ¿Fue difícil empatizar con el personaje del pedófilo?

- No, no fue difícil porque para mí no es una persona mala, es simplemente un ser humano complejo que puede hacer cosas malas, o sea, él sabe que por sus pulsiones puede hacer daño a alguien, incluso sintiendo afecto por esa persona. Y esto es un conflicto interno con el que tiene que vivir y luchar. El esfuerzo que hace por cambiar esa pulsión y la manera en la que sufre, sin lugar a dudas, genera en mí empatía.

- ¿Por qué cree que una persona puede hacer algo tan monstruoso como abusar de un niño o una niña?

- Si yo tuviera la respuesta a eso, sería fantástico. Mira, básicamente, existen muchos libros científicos sobre pedofilia, pero nadie realmente sabe por qué hay personas que se enamoran de niños en vez de adultos. Existen distintas teorías, que leí para mi trabajo, pero no para escribir el libro porque yo quería que la historia tratara de un ser humano real, y ningún ser humano puede encajar en una categoría teórica.

- Y este es el caso de Jonathan, el protagonista.

- El libro no proporciona ningún tipo de explicación de por qué el protagonista hace lo que hace porque quiero que el lector se sienta tan asfixiado como él. Él está encerrado en sí mismo, no sabe por qué lo desea, pero al mismo tiempo tampoco lo desea, y tiene que vivir con este conflicto. Y no existe ninguna explicación que de alguna manera le indique un camino de salida.

- ¿Tenía miedo de que los lectores sintieran rechazo hacia su obra, en la que el pedófilo narra en primera persona la historia?

- No sabía cómo reaccionaría la gente, si sentiría rabia o rechazo o me condenarían por haberlo escrito, pero eso no ha ocurrido. De alguna manera me ha sorprendido. Hay personas que al principio no querían leer el libro porque no les apetecía meterse en la piel de un personaje así, pero la mayor parte de la gente me ha dicho que genera más tristeza que rabia. Es una situación en la que sólo hay víctimas.

- ¿Cree que el rechazo social hacia los pederastas que ya han cumplido su condena es una traba para su reinserción?

- Totalmente, sí, es así. Es un tema dificilísimo. La primera reacción más intuitiva y natural es rechazar a este tipo de gente porque nuestros niños y niñas son nuestro tesoro más preciado y vulnerable. Pero a la vez todo este rechazo empeora el problema, y muchos estudios lo han demostrado. Cuanto más socialmente aisladas se encuentran estas personas, mayor es el riesgo de que vuelvan a reincidir porque nadie las corrige y se sienten rechazadas, furiosas, solas y amargadas.

- De hecho, el protagonista de la novela adopta el aislamiento como un mecanismo de supervivencia.

-Es verdad. Jonathan es tímido y se sobreexcita fácilmente y por eso necesita un ambiente tranquilo. Es consciente de que la gente no quiere saber nada de él y se siente más seguro y aceptado de alguna manera cuando está solo o cuando está entre naturaleza y animales porque no le juzgan. Y supongo que la soledad se convierte en parte de su naturaleza.

- Hábleme de su experiencia personal y profesional con la pederastia.

- Me llaman para hablar con pederastas una vez que han sido condenados, están en prisión y el juez quiere saber cómo es su constitución psicológica. De manera que se trata de saber cómo funcionan psicológicamente y también si tienen algún tipo de perturbación psicológica.

- ¿Existen patrones mentales comunes en los pederastas?

- En términos generales, hay varias tipologías de hombres que cometen este tipo de delitos: el perfil más psicópata, que a veces actúa así para ejercer el poder; en otras ocasiones se trata de algo más banal, simplemente estas personas “pillan” lo que pueden, todo les va; y también hay hombres que psicológicamente son muy infantiles y se sienten más seguros y aceptados por una niña o un niño porque son un niño grande.

- ¿La pedofilia es una perversión o una enfermedad?

- En los manuales de diagnóstico existe un gran debate. Según las ciencias psicológicas, es una aberración sexual. Es difícil dar una respuesta en blanco y negro porque para mí también depende de otros factores. Pero, personalmente, pienso que mientras más enamoradiza sea una persona, menos patológica es la pedofilia: no es lo mismo abusar de un bebé que de una niña de 12 años, aunque también sea erróneo

- ¿Tiene curación la pederastia?

- La pulsión no. Hay personas como Jonathan que tienen este deseo sexual patológico, pero también tienen la capacidad de sentir afecto por los niños y de querer cuidarlos. Y estas personas existen. No puedes curar la pulsión sexual, pero sí puedes trabajar sobre la parte afectivo-emocional y, de alguna manera, enseñarles lo malo que es eso para un niño.

- Algo es algo.

- Lo difícil de la pedofilia es que toda la investigación que tenemos es con personas que acaban sentenciadas a prisión, pero hay muchas otras ahí fuera que sienten estas pulsiones pero que no actúan sobre las mismas y no hablan de ello tampoco, de manera que no sabemos cuántas existen ni cómo de distintas son de las que sí actúan. O sea que es posible sentir esta pulsión y no actuar sobre ella porque sabemos que es equivocado, incluso, si los niños parecen aprobarlo.

- ¿Puede ocurrir?

- Algunos niños sometidos a negligencia familiar les gusta y aceptan el juego, evidentemente esto no significa que sea correcto porque cuando crezcan tendrán un trauma emocional.

- En un pasaje del libro el protagonista reflexiona sobre la castración química, ¿este tipo de tratamiento puede ser una solución?

- A veces lo es, aunque no siempre porque no todo el mundo actúa en base a pulsiones sexuales. Si es rabia o un trauma individual lo que conduce a alguien a abusar de un niño, la castración química no ayudará, simplemente hará que el pedófilo se enfurezca más porque sentirá que ha perdido su virilidad.

- Un caso que conozca de primera mano.

- Yo hablé con una persona hace muchos años que estaba en terapia y que era un adicto sexual. Sólo pensaba día y noche a todas horas sobre el sexo y “pillaba” todo lo que podía: adultos, niños de 12 o 13 años de edad, prostitutas, le daba igual. Empezó a tomar la medicación y aseguraba que nunca se había sentido mejor, decía: “Finalmente puedo tocar la guitarra y dejar que mi mente descanse”.

- Pero…

- La castración química cambia el cuerpo del delincuente sexual completamente: los hombres se hacen menos masculinos y para algunos de ellos es muy difícil sobrellevarlo, ya que les empiezan a crecer un poco los senos, se vuelven más blandos, pierden su masa muscular, pero a veces puede ayudar.

- A menudo la llegada de un pederasta a un barrio o pueblo genera alarma social, ¿pero cómo cree que la sociedad debería tratar a los que ya han cumplido condena?

- En Inglaterra y en Estados Unidos advierten a los vecinos cuando un pederasta se instala en un sitio tras salir de la cárcel, y lo entiendo, pero así no será jamás posible reinsertarle. Yo creo que lo mejor sería no anunciarlo ni advertirlo y permitir que esta gente viva una vida anónima.

- Un ejemplo.

- En Holanda conocí el caso de un hombre que había seguido un tratamiento de pedofilia y que cuando salió de prisión se mudó a un municipio grande, de manera que pudo conservar su anonimato. Vivía en una casa normal y sus vecinos no le conocían, pero le observaba y le vigilaba un agente de policía encargado de este área específica. El policía a veces iba a su casa, hablaba con él, le preguntaba cómo le iban las cosas. Esta sería una buena solución intermedia.

(Raquel Quelart, La Vanguardia)