Más de 10.000 entradas y 1.000.000 de visitantes desde el 9 de octubre de 2011

La violencia ya no es lo que era (Lluís Uría)

Ser el primero es un honor que puede costar muy caro. El sargento Lawrence Russell Kelly, de 42 años, natural de Altoona –una pequeña ciudad de Pensilvania nacida al calor del ferrocarril–, lo sufrió en propia carne. Lanzado en paracaídas sobre Normandía el día D, integrando la 82.ª División Aerotransportada del ejército de Estados Unidos, tenía que ser el primer norteamericano de las tropas del general Patton en entrar en París el 25 de agosto de 1944. La noche antes había entrado ya la avanzadilla del general Leclerc, con los blindados de los republicanos españoles de La 9 a la cabeza. El alto mando estadounidense, más interesado en aprovechar la victoria en la batalla de Normandía para proseguir el avance hacia el corazón de Alemania que en dar un rodeo por París, dejó que la única división aliada francesa –aunque plagada de extranjeros– fuera la primera en llegar a la capital. El orgulloso general De Gaulle proclamaría falsamente después: “¡París liberada, por sí misma y por los ejércitos de Francia!”. Las fake news no son de hoy...

El sargento Kelly iba a ser el primer soldado estadounidense en pisar París (razón por la cual durante años se le rindió homenaje, como símbolo de todos los G.I., en los Inválidos), pero apenas tuvo tiempo de vislumbrar la torre Eiffel. Cuando empezaba a atravesar el puente de Saint-Cloud en su jeep, milicianos franceses le dispararon por error desde la otra ribera, creyendo ver a soldados alemanes. Malherido, murió dos años después en Altoona, quizá sin llegar a saber que ese plácido brazo del Sena donde empezó a perder la vida era cruzado hace siglos por damas y caballeros de la sociedad parisina para sus citas galantes, y fue el escenario elegido por Alejandro Dumas para situar el secuestro de Constance –amante de D’Artagnan– por orden del pérfido cardenal Richelieu. En recuerdo del sargento Kelly queda hoy un monolito con una placa a la entrada del puente, que casi nadie mira y algunos sinsustancia pintarrajean.

Con sólo 15 años –y mintiendo sobre su edad–, Kelly ya había luchado en Francia, durante ocho meses de 1917, en la Primera Guerra Mundial. Y cuando estalló la Segunda, volvió a alistarse. No lejos de donde cayó mortalmente herido, en la colina de Suresnes, un cementerio de inmaculadas cruces blancas sobre verde césped acoge las tumbas de más de 1.500 soldados de EE.UU. muertos en la Gran Guerra. Él mismo podía haber estado entre ellos.
Europa es un gran camposanto. El continente entero puede recorrerse de punta a punta siguiendo las tumbas de los soldados. En el cementerio norteamericano de Colleville-sur-Mer, en Normandía, sobre la bella playa bautizada en clave como Omaha –el más cinematográfico de todos–, hay cerca de 10.000 sepulturas. En Noyers-Pont-Maugis, en las Ardenas, se despliegan en la ladera de una colina las tumbas de 27.000 soldados alemanes caídos en las dos guerras mundiales. En el escenario de la sangrienta batalla de Verdún, una veintena de cementerios acogen los restos de 56.000 soldados franceses... No son números. Todos ellos tenían una identidad. Como el sargento L.R. Kelly.

No ha pasado tanto tiempo desde la última gran conflagración, pero un abismo parece separarnos de esos tiempos oscuros. La inconcebible magnitud de tales cifras nos conmociona y perturba. Una tragedia semejante parece hoy en Europa absolutamente impensable, inaceptable.

Hoy, una sola muerte violenta nos conmociona. Y el terrorismo, por el hecho mismo de golpear ciega e indiscriminadamente, nos estremece de forma particular. Ahí están, como últimos ejemplos, la masacre perpetrada el 15 de marzo por un terrorista australiano de ultraderecha en dos mezquitas de la ciudad neozelandesa de Christchurch –donde dejó un balance de 50 muertos–, o el asesinato tres días después de tres personas en un tranvía de Utrech (Países Bajos) a manos de un islamista turco, convertidas ambas –sobre todo la primera– en tragedias globales.

La sucesión constante y regular de atentados terroristas –en cualquier momento, en cualquier lugar– nos hace sentir vulnerables y nos da la sensación de que vivimos en un mundo esencialmente violento. Y, sin embargo, probablemente es el menos violento de la Historia. Así lo subrayaban en un artículo reciente publicado en Foreign Policy los profesores Rachel Kleinfeld y Robert Muggah, quienes constatan que desde el final de la Segunda Guerra Mundial el número de víctimas causadas por la guerra –entre países enemigos o en enfrentamientos civiles– no ha hecho más que descender. Y desde los atentados del 11-S del 2001 en EE.UU., también han caído las víctimas del terrorismo, que además afecta mucho menos a Occidente de lo que la opinión pública percibe. “La probabilidad de morir en un atentado terrorista en Europa en el 2016 fue del 0,027 por 100.000” –remarcan–, mientras que “el 90% de todos los ataques terroristas se producen en siete países: Afganistán, Irak, Nigeria, Pakistán, Somalia, Siria y Yemen”. Algo que se olvida: los musulmanes son, de lejos, las principales víctimas de los yihadistas.

Hay numerosos estudios que, combinando las investigaciones arqueológicas con las series estadísticas, concluyen que si no vivimos en el mejor de los mundos posibles, no vivimos en el peor. Un trabajo realizado por el profesor de la Universidad de Granada José María Gómez, publicado en Nature en el 2016, concluyó que, de la misma manera que las organizaciones tribales son más violentas que las sociedades estructuradas en estados, los momentos más violentos de la Historia de la humanidad se sitúan fundamentalmente en la Antigüedad y la Edad Media.

Ya antes, el psicólogo norteamericano Steven Pinker, profesor de Harvard, en una obra titulada The better angels of our nature: Why violence has declined (2011), destacó que no sólo las guerras han ido perdiendo peso a lo largo de los siglos, sino que también han caído en picado los homicidios. Nuestros ancestros eran enormemente más violentos que nosotros. “Si las guerras del siglo XX hubieran matado a la misma proporción de población que moría en las guerras de las sociedades tribales, no hubiera habido 100 millones de muertos, sino 2.000 millones”, explicó en una conferencia TED. Si en los años 50 del siglo pasado había 65.000 guerras al año, en la primera década del XXI eran sólo 2.000... Si en la Inglaterra del siglo XIV había 24 homicidios por cada 100.000 habitantes, en la de los años 60 había 0,6...: “La violencia ha declinado a lo largo del tiempo y quizás vivimos en el momento más pacífico de la existencia de nuestra especie”, sostiene.

Aunque a las víctimas de la violencia, tomadas a una a una, la estadística les ha de servir más bien de poco consuelo.

(Visión periférica, La Vanguardia)