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Vox o el comportamiento adolescente (Victoria Prego)

Las negociaciones entre el PP y Ciudadanos progresan adecuadamente y parece que ya tienen listo el reparto de las consejerías más importantes y que hay acuerdo absoluto en la urgente necesidad de reducir cargos, asesorías y las delegaciones no sólo de la Junta andaluza como tal sino también de cada consejería actual en todas y cada una de las ocho provincias. Un despilfarro cuyo único objeto era el de mantener una clientela política bien pagada para que cumpliera la tarea de propaganda y sostenimiento del régimen socialista por los siglos los siglos. Hasta hoy, de momento.

Todo el cambio imprescindible para que repunte y salga de su letargo la vida política y económica de una comunidad que en casi cuatro décadas no ha logrado abandonar los últimos puestos de la lista en materias como el paro, la fiscalidad, la educación o la asistencia sanitaria, y eso a pesar de las ayudas mil millonarias recibidas de los fondos europeos, todo ese cambio parece que depende ahora de que los dirigentes de Vox vean satisfecha su exigencia de que Ciudadanos les haga caso y se reúna con ellos “para negociar”.

Y eso porque son conscientes de que sin sus votos ni Juan Manuel Moreno será presidente de la Junta, ni se producirá el tan anunciado -y tan largamente esperado- cambio político en Andalucía. Es más, saben, y así lo ha expresado reiteradamente su secretario general, Javier Ortega Smith, que si ellos se lo proponen, puede que tengan que repetirse las elecciones autonómicas.
Eso es un farol, un órdago del todo improcedente y, por supuesto, innecesario. El comportamiento de los responsables de Vox tiene en este aspecto un punto de desafío propio de un adolescente, algo que no favorece de ninguna manera el crecimiento de su buscada reputación como partido serio y solvente, aunque radical en algunos de sus planteamientos, con el que pretenden seguir creciendo en apoyo popular y obtener así una presencia suficientemente representativa en el Congreso de los Diputados cuando se celebren las próximas elecciones generales.

Pero han empezado mal porque se han estrenado exigiendo a PP y Ciudadanos, que habían llegado a un acuerdo programático de 90 medidas, que deshicieran ese pacto y modificaran lo relativo a la ley sobre violencia de género. Fue un pésimo comienzo porque no entraron proponiendo serenamente modificar algunos aspectos de la ley o añadir otros que a Vox le parecen esenciales, y lo son, como es la protección de los ancianos y de los niños dentro del ámbito familiar, donde se producen los más atroces abusos. No, no: entraron exigiendo la sumisión de PP y sobre todo de Ciudadanos a sus planteamientos. Y reclamando con urgencia visibilidad y reconocimiento.

Señores de Vox, así es como se celebran los mítines pero así no es como se negocia. Y mucho menos se negocia haciendo urbi et orbi declaraciones airadas y cerrando cualquier salida a otro de los partidos implicados en los pactos de un cambio de gobierno en la comunidad andaluza. Un partido deber ser consciente de su fuerza y de sus posibilidades de éxito a la hora de intervenir en cualquier intento de acuerdo pero también debe tener muy presentes las opciones posibles de actuación de sus interlocutores. Y estar en condiciones de garantizarles una salida que sea acorde con sus intereses. Pero eso es lo que no ha hecho Vox con Ciudadanos.

Todo el mundo sabe, y los de Vox debieran tenerlo presente, que los de Albert Rivera pretenden ocupar hoy una posición de centro-centro que les permita pactar, en un futuro tan poco lejano como el paisaje autonómico y municipal post electoral de mayo y junio de este año, tanto con el PP como con el PSOE si se dan las circunstancias adecuadas en cada caso. Y en ese proyecto no se le puede exigir que se siente a negociar con un partido que lleva descalificando su posición desde el minuto uno en el que Vox tuvo un auditorio suficiente como para que sus mensajes llegaran a toda España.

El PP está obligado a tragar que Santiago Abascal le llame “derechita cobarde”. Primero, porque los votantes de Vox son los que Pablo Casado quiere recuperar para sí y, segundo, porque sus resultados electorales en Andalucía no le permiten mantener una posición de altivez que no se correspondería de ninguna manera con su realidad. El Partido Popular necesita urgentemente el oxígeno que le proporcionaría ocupar el poder en una comunidad tan determinante como es Andalucía para intentar remontar una manifiesta pérdida de apoyos electorales, pérdida que se ha comprobado en los comicios del 2 de diciembre. Por eso está dispuesto a todo para lograr ocupar la Junta. Incluso a sonreír cuando es insultado.

Pero Ciudadanos está en otra posición. Todas las encuestas le favorecen y lleva en estos momentos el viento de cola. Saben que van a crecer y saben en qué sector del electorado lo van a hacer. No necesitan la ayuda de Vox para eso y no se van a jugar el respaldo de los votantes de centro o centro izquierda para satisfacer las reclamaciones de atención y “contacto físico”, por decirlo de alguna manera, con un partido que tiene algunos planteamientos radicalmente enfrentados con los del partido de Rivera.

Por eso lo que ha pretendido Vox es una demasía que no le va a salir bien porque el partido naranja -mucho más fuerte en las encuestas que el PP- se ha negado con razón a “modificar una sola coma” del pacto cerrado con los populares, sus únicos interlocutores para ellos válidos, dado que en absoluto les conviene para su proyecto de futuro arrimarse a los de Santiago Abascal más de lo estrictamente imprescindible.

Y no va a conseguir Vox con sus amenazas de volcar el barco y provocar nuevas elecciones mucho más de lo ya logrado, con lo cual, al final de todo, cuando vote a favor de la investidura de Juan Manuel Moreno, porque lo último que le interesa es convertirse en el responsable directo de haber propiciado el regreso del PSOE al poder -sea Susana Díaz la candidata o sea la actual ministra de Hacienda Maria Jesús Montero, que ya se sabe que Pedro Sánchez quiere fulminar a la todavía presidenta de la Junta-, la opinión pública entenderá que ha recogido velas y que de lo dicho, nada. Es decir, que quedará mal porque lo ha planteado mal desde el principio.

“Nosotros no vamos a exigir nada que supere esa proporción de doce escaños que tenemos”, acaba de decir Ortega. Pues no es eso lo que ha parecido, así que habrá que saludar la moderación de ese planteamiento reciente que se corresponde muy poco con la insolente y retadora actitud inicial del candidato andaluz Francisco Serrano.

Los de Vox deben ser conscientes de que acaban de llegar a esta competición, de que carecen de un programa electoral digno de tal nombre y de que se han arreglado hasta ahora con unas cuantas proclamas muy rotundas pero que requieren clarificación, matices y un proyecto económico detallado y creíble. Han hecho bien en aclarar desde el primer momento que no tienen intención de reclamar presencia alguna en el gobierno porque carecen en términos absolutos de experiencia en ese campo, pero es que tampoco tienen experiencia en el ejercicio de un papel sólido y fiable en la oposición.

Han logrado una proeza, 12 escaños partiendo de cero, pero todavía son unos completos desconocidos como partido político y no se sabe cuántos de sus planteamientos van a ser modulados para adaptarse a una realidad política como la española o se van a mantener impasibles aunque resulten de todo punto inaplicables.

Sólo un par de ejemplos: cuando reclaman la supresión de la España de las autonomías ¿están proponiendo derribar la Constitución o lo que buscan es armonizar desde el poder central del Estado cuestiones tales como la educación o las prestaciones sanitarias de las distintas comunidades autónomas? Porque no es lo mismo una cosa que otra y en su enunciado no se aclara esta diferencia esencial.

Cuando quieren cargarse la ley de violencia de género ¿están pidiendo que la ley de ámbito nacional, aprobada por la práctica unanimidad de las fuerzas con representación parlamentaria en el Congreso se derogue por las buenas o lo que piden es que se supriman determinados aspectos de la ley andaluza? Porque tampoco es lo mismo una cosa que otra.

Y según acaben siendo las respuestas, las verdaderas, no las retóricas, a esas preguntas, estaremos ante un partido de la derecha radical o ante un partido abiertamente antisistema. Es pronto para saberlo y por eso es muy prematuro calificar a Vox y etiquetarlo desde ahora mismo. Hay que esperar a ver cómo se comporta en la vida política española, del mismo modo que es muy recomendable que abandonen de momento ese aire insolente y retador que es siempre, pero siempre, siempre, garantía de fracaso en cualquier aproximación negociadora que pretenda obtener algún fruto.

Pero si hubiera que apostar, yo lo haría a favor de que Juan Manuel Moreno acabará siendo el próximo presidente de la Junta de Andalucía y de que el cambio político será allí una realidad.

(El Independiente)