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Coronavirus: Regreso a Bangladés, el pueblo maldito en la encrucijada de todas las pandemias (Bernard-Henri Lévy)

Bernard-Henri Lévy recorre las heridas del genocidio que sufrió Bangladés para independizarse de Pakistán días antes de estallar el coronavirus

Nadie sabe exactamente cuántas personas murieron en este genocidio. Se ha determinado que sí que lo fue y de naturaleza sistemática

Si hay un lugar en el mundo donde la catástrofe climática supone una amenaza, es este

BHL con un grupo de mujeres rohinyás que describen sus miedos ante el Covid-19
Una fanfarria de flautas y tambores. Un grupito de niños enclenques aplaudiendo al ritmo de la música. Veteranos de barba blanca que cantan a coro el himno de Bengala libre. Izadas con palos de bambú, banderas de calicó amarillo: “¡Bienvenido de nuevo a Jessore, veterano Bernard-Henri Lévy!”.

Regreso a Jessore. Estuve aquí hace casi 50 años. Yo, junto con un puñado de compañeros, respondí al llamamiento de André Malraux, que instaba a los jóvenes franceses a formar una brigada internacional como la de la Guerra Civil española, pero, esta vez, para luchar contra el horror de los crímenes del Ejército pakistaní, que por aquel entonces solo se había extendido por la parte oriental del país.

Aterricé en Calcuta. Crucé la frontera india en Satkhira, con un comerciante de topacios que había huido de su pueblo, pero que regresaba para buscar a sus tres hijas. Llegué justo aquí, al norte, a Jessore, asediada por los bombardeos y el fuego de las ametralladoras.
En aquel momento, era poco más que un pueblo. No había aeropuerto ni toda esta esta retahíla de casas coloniales, edificios nuevos sin terminar y cabañas de barro. Tampoco vi entonces toda esta población de niños harapientos, comerciantes de cebúes y mendigos desalentados, intrigados por la llegada de este extranjero, conmovido y con lágrimas en los ojos, a quien le dan la bienvenida con tantos honores.

Pero hay cosas que no cambian: el mismo cielo pálido, el mismo aroma acre, mezclado con toques de aceite de coco cocido. Y, en cuanto salimos del bazar, a ambos lados de la maltrecha carretera que se disputan una multitud de rickshaws, carros llenos de fardos y autobuses con viajeros hasta en el techo por los que tememos que, en cualquier curva, acaben en la cuneta; el paisaje sigue siendo la misma anodina llanura donde se pudre el agua de los campos de arroz. El Bangladés de mis veinte años.

- Venerando a Marx.

Akim Mukherjee fue un joven líder maoísta que me recogió en Satkhira, detrás de la línea del frente, donde relevó al comerciante de topacios como compañero de viaje. Le di su nombre a Mofidul Hoque, del Museo de la Guerra de Liberación, en Daca.

Se lo pasó a la policía, que, dado que los comunistas clandestinos de la época usaban diferentes nombres de guerra, tuvo dificultades para dar con él. Y aquí estamos, en una casa de pueblo, junto a un estanque, donde en su día pasamos algunas noches antes de salir a recorrer los pantanos de arroz y sangre en busca de los panfletos marxistas-leninistas que Bangladés producía a espuertas en aquella época y que nutrirían Les Indes Rouges (Las Indias rojas), mi primer libro.

“Mi padre ha muerto”, anuncia, en tono dramático, el hombre de 50 años que me espera en el umbral; me dice que es el hijo de mi amigo. “Hablaba de usted muy a menudo”, continúa, mientras nos sentamos en el porche donde nos han servido la comida en hojas de plátano. “Un joven francés con un chaleco amarillo... Conservó esto…”. Saca de una funda de plástico, donde también guarda recortes de periódico amarillentos, una tarjeta de visita con la dirección de la École Normale de la rue d’Ulm, a la que añadí, con letra infantil, la dirección de casa de mis padres.

“Anda, venga a ver su habitación. Ahí murió. No hemos tocado nada”. No estoy seguro de reconocer el camastro. O la mesa donde hay apiladas viejas antologías de poesía bengalí. Pero una cosa, claramente, no ha cambiado: contra la pared, en el suelo, junto a un pequeño altar repleto de frasquitos de incienso, velas, imágenes de divinidades multicolores y campanas sagradas, dos retratos viejos, en blanco y negro, de Marx y Lenin, venerados como si fueran Shiva y Vishnu. Voy a subir la persiana para que entre la luz, los muevo un poquito y sale una enorme araña negra de detrás de estas reliquias de un mundo que quería ser toda la raza humana. Una señal. Pero ¿de qué?

Las ancianas que me encuentro en el Museo de la Guerra de Liberación son birangona, literalmente, heroínas de la nación. Salvo que deben esta cualidad al hecho de que, durante la guerra, como otras 400. 000, sufrieron las violaciones de la soldadesca pakistaní y a que, nueve meses después, cuando se proclamó la independencia, el primer presidente que tuvo el país, Mujibur Rahman, cuando nacieron los hijos de estas violaciones, tomó una decisión histórica: “En lugar de —como en la mayoría de las sociedades tradicionales— condenar y desterrar a esas mujeres yo, como Padre de la Nación, las consideraré iguales que mis propias hijas”.

- Los abusos del pasado.

¿Acaso saben estas mujeres que fui entonces, durante varios meses, una especie de mercenario intelectual que ponía al servicio del nuevo Estado los conocimientos de Economía adquiridos gracias a mi maestro, Charles Bettelheim, experto en comunas populares chinas? ¿Y les han contado que, como tenía el privilegio de acercarme al nuevo presidente, fui uno de los que le convenció de su sufrimiento, su inocencia y también de su resiliencia, cualidades que las convertían en heroínas naturales del relato fundacional de la nueva nación?

Claro que están al corriente de todo eso, pero lo que saben perfectamente es la revolución que se está llevando a cabo en Occidente que criminaliza la violencia contra las mujeres. Ya son mayores. Caminan dando pasitos pequeños.

Algunas van envueltas en sus saris de colores vivos, con sus joyas más valiosas prendidas de la nariz; llegan en silla de ruedas. Pero ¡qué rabia y fuerza les sale de dentro al hablar de los abusos del pasado! ¡Qué fuerza de pasionarias cuando cuentan los años de lucha para conseguir el estatus, no solo de víctimas, sino de Mukti Bahini, de luchadoras por la libertad en toda regla! ¡Y qué alegría de jovencillas cuando se proclaman, desde sus sillas de ruedas, la vanguardia del feminismo mundial!

La jequesa Hasina es la hija de Mujibur Rahman. Lleva 11 años en el cargo de primera ministra del país. Es de mi generación; conoce mi historia. Por eso me invitó a las ceremonias del centenario del nacimiento de su padre y del cincuentenario del nacimiento de su país.

Las festividades públicas se han cancelado por la crisis del coronavirus; pero le traigo una carta del presidente Macron, que, por la pandemia, tengo que dejarle en la mesita de café que nos separa, justo debajo del retrato de Mujibur, en el sobrio salón donde me recibe a mí y al embajador Jean-Marin Shuh. Hace ademán de cogerla. Rectifica.

Se dirige a mí con una sonrisa cómplice cuando su jefe de protocolo se levanta para abrirla en su lugar, debidamente enguantado. Tiene la reputación de ser una líder autoritaria, implacable con sus oponentes. Y es cierto que, con su sari dorado que parece una armadura, sus gafas de caparazón de tortuga que dejan ver el brillo helado de sus ojos verdes y su mandíbula robusta, tiene un aire a Indira Gandhi en su época de esplendor.

Sin embargo, en este momento prevalece una expresión juvenil. Su alegría pícara cuando evocamos los recuerdos compartidos de la exitosa liberación nacional. Su manera de fingir asombro cuando le cuento lo mucho que le ha costado a la policía identificar a Akim Mukherjee, con el que viví mi bautismo de fuego hace tanto tiempo. Y luego, un estallido de rabia cuando evoco el asesinato de su padre, cuatro años más tarde, en 1975, a manos de los soldados golpistas: cayó toda la familia; solo ella y su hermana menor, que estaban en el extranjero, escaparon milagrosamente de la masacre; pero, para esta Antígona de Daca, no ha pasado el tiempo y la voluntad de venganza está intacta.

- El otro Bangladés.

En Golora, un suburbio de Manikgang, comienza el otro Bangladés. El rural. El de las aldeas. Al que vinimos en su día con Rafiq Hussain, el hijo mayor de la primera familia que me acogió después de la Liberación, en Daca, para entrevistar a Maulana Bashani, el viejo líder campesino maoísta que se disputaba con Mujibur Rahman el liderazgo de la Liga Awami.

Medio siglo después, vengo a presentar mis respetos a un modesto monumento, reducido a un montículo de piedras y rodeado por un sencillo muro de ladrillos, donde yacen los restos de civiles anónimos que fueron ejecutados en las últimas horas de la guerra.

¿Cuántos mausoleos como este habrá por el país? ¿En cuántas aldeas, al final de caminos de tierra por los que solo pasan motocicletas, en medio de un campo de flores o a la sombra de baniano, queda el rastro de los osarios? Nadie sabe nada. Porque nadie sabe exactamente cuántas personas murieron en este genocidio. Se ha determinado que sí que lo fue. La intención, según los investigadores, estaba ahí. Y la naturaleza fue sistemática. Cumple todos los criterios que caracterizan un genocidio.

En todo caso, nadie sabe decir si fueron un millón de víctimas, dos, tres, tal vez cuatro millones. “Sois el único pueblo del mundo”, le dije al grupo de adolescentes que me siguieron desde Golora y las ruinas de su palacio fantasma, cuya escalinata se hunde en un estanque salobre, que atrae a los turistas de Daca. “Sois el único pueblo al que no se le permite contar sus mártires. El único que honra a los muertos, no solo sin tumbas, sino sin nombres e incluso sin números. Que en todos los pueblos de Bengala, mientras queden testigos, se mantenga la labor del recuerdo. Los supervivientes y los descendientes de los supervivientes deben garantizar la transmisión de las historias familiares. Un gran pueblo no puede vivir en tal agujero de la memoria”.

La llamo Benazir. Nos pusimos en contacto a través de Facebook. Dirige un colegio de niñas en Rajshahi, al este del país. Y ha estado viviendo bajo protección policial desde que prohibió el velo en sus clases.

“Tenemos que verles la cara a nuestras estudiantes”, me dice en el pequeño restaurante de la zona antigua de Daca, que casi parece una tienda, donde nos hemos citado; nos sirven paturi, un pescado en lonchas finas, bañado en mostaza y envuelto en hojas de plátano, uno de mis manjares preferidos de cuando vine la primera vez.

Y, en voz baja, después de un vistazo a las mesas cercanas, demasiado cercanas, luego a la calle, atestada a estas horas, por el caos de las motos, los tuk tuks y las furgonetas que conducen en contradirección, en definitiva, tan congestionada que, en caso de un ataque terrorista, no podría llegar ayuda: “No somos una escuela coránica; también tenemos estudiantes hinduistas, budistas, algunas cristianas, chiítas; y me dirá que las chiítas también son musulmanas; es verdad; pero están en el punto de mira de Jamiat, ese partido islámico que el Gobierno ilegalizó porque el Dáesh lo usaba de correa de transmisión”.

Siempre se nos olvidan esas cosas cuando hablamos de Bangladés. Yo mismo, en ese momento, no estoy seguro de haber sido consciente de esta partición fundacional en la guerra contra Pakistán. Por un lado, el “país de los puros”, que llevaban el fundamentalismo islámico en el ADN. Por otro lado, una sociedad con una mayoría musulmana, pero multiconfesional y respetuosa con sus minorías. ¿No sería hora de recordar esto ahora que la guerra entre esas dos maneras de entender el islam está en marcha? ¿Y no tendría mi querido Bangladés un papel fundamental en el combate cuerpo a cuerpo, en todas partes, entre el Islam de la Ilustración y el de los fanáticos de Dios?

- Lección de valor.

Un campamento es un campamento, sin duda. Y nunca me atreveré a decir que hay refugiados felices. Pero, por casualidad llego a Cox’s Bazar —el gigantesco campo de refugiados donde se han ido concentrado 900.000 rohinyás a lo largo de casi tres años, huyendo de la persecución antimusulmana orquestada por los budistas y la junta militar birmana— unos días después de una visita a Moria, en la isla griega de Lesbos, donde llegan los sirios que Erdogan envía de vuelta a Europa.

La comparación no es, por desgracia, ventajosa para los europeos. Aquí, en estos 34 campos, las ONG operan con mayor libertad. Hay suficiente jabón, toallas, cepillos de dientes y puntos de abastecimiento de agua. Aquí, tras las primeras semanas de caos, cuando los supervivientes de las masacres talaban los montes para calentarse, se construyeron grandes escaleras de bambú para unir los barrios de lo que casi se ha convertido en una ciudad.

Se puso en marcha una vida con calles empedradas, chozas salubres y, a veces, huertecitos que permiten a las familias cultivar productos de subsistencia, como hacían en el campo. Como en Lesbos, hay fricciones con las aldeas vecinas, que se quejan de que ellos, los “bengalíes de nacimiento”, tienen menos ventajas que los recién llegados. Pero las autoridades no han cedido.

El plan de trasladar a algunos de estos exiliados a una isla en mar abierto causó tales protestas entre la sociedad civil que se acabó descartando. Una lección de valor de estos rohinyás que lo perdieron todo salvo la dignidad. Y también una lección de humanidad de los bengalíes, que no tienen nada, pero sacan las fuerzas para compartir esa nada con los 900.000 “huéspedes” de este purgatorio de los vivos.

- Los talleres de Occidente.

Casi se me había olvidado la miseria de Bangladés. Había olvidado los talleres donde Occidente subcontrata a los nietos de los Mukti Bahini, que apenas tienen 12 años, el trabajo que en sus países nadie quiere desempeñar. Había olvidado las hordas de parados que compiten por la comida con los perros callejeros y las aves de rapiña en los vertederos de Bashantek, en el centro de Daca.

Y había olvidado que una escena como esta era posible: en medio de la capital, entre los escombros del barrio de chabolas de Rupnagar, elevadas sobre zancos, que ayer se incendiaron; la negra y pestilente fosa séptica sobre la que se construyó esta favela del lago y que ahora emerge al aire libre; y allí, entre la neblina de la tarde, poco después del mediodía, entre la basura, las cloacas destrozadas, las ratas muertas y los palos de bambú en descomposición, un hombre con los ojos de un asceta, vestido con un sencillo taparrabos y coronado con un gorrito, que parece estar haciendo sus abluciones, pero no, se sumerge en el agua densa y el barro para recoger los restos de estaño que irá a vender, por unas cuantas takas, al mercado de segunda mano de Kawran...

Bueno, no es del todo cierto esto que os cuento. En realidad, no me he olvidado nada. Este tipo de estampas no existían por aquel entonces. El río Buriganga, que se ha convertido, en algunos tramos, en un monstruoso río Alfeo cuyo curso se ve interrumpido por montones de plástico, era un río de verdad.

El distrito de Hazaribagh, donde 200.000 personas beben, pescan y vadean a orillas de un pantano de basura y productos tóxicos, era entonces un suburbio semirrural donde el gremio de curtidores perpetuaba un oficio milenario. Y los antepasados de mi conductor tuk tuk eran Mukti Bahini y no se avergonzaban de su oficio.

De lo que tampoco se hablaba en el pasado, pero hoy salta a la vista, es que si hay un lugar en el mundo donde la catástrofe climática supone una amenaza, es este. Bangladés es un país de delta. Una tierra de 700 ríos, algunos de los cuales, como el Ganges y el Brahmaputra, nacen por todos los rincones del subcontinente y se reencuentran aquí para desembocar en el golfo de Bengala.

Es el punto donde caen las trombas de agua resultantes del deshielo del Himalaya y que, en tiempos de ciclón y monzón, elevan el nivel de los ríos y causan enormes deslizamientos de tierra. El archipiélago que recuerdo, frente a Cox’s Bazar, ya ha desaparecido...

Las islas cuadradas, más al norte, con escasa vegetación, de las que no tengo, sin embargo, una imagen en el recuerdo: todo lo que queda es el campo de arroz inundado y estos montículos de tierra calva... Este pescador de arenques que solo tiene 30 años, pero parece el doble de viejo, que ha tenido que mudarse ya tres veces porque el mar se ha comido su tierra...

El agricultor que nunca ha oído hablar del cambio climático, pero que me dice que se ha aprobado una nueva ley en Bangladés que da a los ríos consideración de seres vivos, que deben ser respetados, pero también domesticados... Y luego estos barcos en forma de medialuna, en la ruta de Chittagong, cargados con redes, barriles de salmuera y mástiles de repuesto.

¿Por qué tienen esa forma tan extraña, curvada hacia adentro por ambos extremos? ¿Para recoger la proa y ayudarla a pasar los bancos de arena, los restos de lo que antes eran tierras? ¿Para hacer frente a la crecida de las aguas? ¿Para pescar en aguas poco profundas? ¿O para aplacar al monstruo de este país donde, en contra de las palabras del poeta, no es el desierto lo que crece, sino el mar? No lo sé.

- Batalla sanitaria.

Y, además, este pobre Bangladés, que está en la primera línea de la batalla planetaria contra el islamismo, la pobreza, el caos migratorio y los cataclismos ecológicos, tiene, por si fuera poco, una última guerra que librar: la de la salud.

Siempre ha sido una tierra de fiebres, diarreas, enfermedades respiratorias y cutáneas, causadas por la destrucción del aire y el suelo. La elefantiasis, la leishmaniosis visceral, la melioidosis, la gripe, el dengue, la encefalitis japonesa, el nipah y el hendra, dos virus cuya cepa sale de los excrementos de murciélago y que, cuando se transmiten a los seres humanos, son mortales en tres de cada cuatro casos.

También aprendí por las malas que su agua sin hervir es la fuente de una variedad de malaria que me dejó fuera de juego durante días. Pero ahora, en China y luego en Europa, aparece el coronavirus. Y esta pequeña nación de 160 millones de habitantes, que en el momento de escribir este artículo solo tiene cuarenta y ocho casos y cinco muertes, asume la retórica de guerra de Occidente y convierte el combate contra el “enemigo invisible” en una prioridad absoluta.

Cancelación de los festejos del centenario. Mascarillas improvisadas de todos los colores y formas en las calles, algunas como picos de pájaros o caras de animales. El país en cuarentena, se cierran sus fronteras terrestres y aéreas aun con el riesgo de sumirse, más que nunca, en la oscuridad.

¿Un principio de precaución frente a un mal que, si estallara en ciudades y campos superpoblados, se cobraría cientos de miles de víctimas? ¿O la fría venganza de un pueblo que se protege de una plaga que, por una vez, viene de otra parte y, por esa razón, tal vez albergue la ilusión de entrar en el virtuoso círculo del Estado sanitario mundial en construcción? Tampoco lo sé. Antaño fui uno de los primeros en visitar a este país maldito y magnífico. Cincuenta años después, me subo al último avión con destino a Europa. Todo lo que me queda ahora es esperar y rezar.
Travesía en barco por el canal Reju de camino del campo de refugiados rohinyá de Kutupalong
Durante la guerra, más de 400.000 mujeres sufrieron violaciones del Ejército paquistaní
Tuk tuks en hilera, a modo de barricada improvisada para cortar una calle de Daca
Retratos de ciudadanos de Bangladés con mascarillas para prevenir la pandemia
Trabajadoras de la industria textil, durante una reciente manifestación en Daca
Un vendedor ambulante vende mascarillas en una calle de Daca

(El Español)