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¿Qué hacemos con los pobres? (Rolando Cordera Campos)

Atento aviso. Nadie debe sufrir hambre en México; nadie debe enfermarse ni morir por carencia de alimentos. Hay que poner un alto a las muertes y las enfermedades que no deben ocurrir.

Un estudio reciente elaborado por los investigadores del Programa Universitario de Estudios del Desarrollo de la UNAM (PUED), Curtis Huffman y Héctor Nájera, bajo la coordinación de Fernando Cortés, presenta estimaciones de la pobreza extrema por ingreso alineada con los cálculos del Consejo Nacional de Evaluación de la Política de Desarrollo Social (Coneval).

En él se aprecia que, en el peor escenario, el aumento en la pobreza extrema por ingreso habría sido, entre febrero y mayo, de 16 millones de personas, por lo que se habría elevado de 22 a 38 millones el número de mexicanos que no podrán adquirir la canasta básica de alimentos para asegurar una nutrición conforme a los criterios nacionales e internacionales.
Con base en el estudio del PUED se sostiene la urgencia de realizar transferencias adicionales de ingreso a esta población, cuyo monto se ha estimado sea de 450 pesos mensuales por persona en promedio, lo que permitiría adquirir la canasta básica alimentaria propuesta por el Coneval. Este monto, considerando 38 millones de personas, tendría un costo fiscal de 19 mil millones mensuales (representa 3.2 por ciento anual del Presupuesto de Egresos Federal del año en curso o 0.9% del producto interno bruto) y son recursos que tienen viabilidad financiera para el presente ejercicio fiscal. Tanto las estimaciones como la metodología usada están disponibles en la página http://www.pued.unam.mx/opencms/ difusion/pobreza.html).

Es vital distribuir recursos líquidos suficientes para compensar las pérdidas de ingreso y salario, así como para abrir líneas de crédito concesionario destinadas a salvar al mayor número de empresas que hoy se enfrentan a una inminente quiebra. Sin menoscabo de los programas en curso, urge que el Estado actúe con firmeza y oportunidad para evitar que el hambre se instale en la sociedad.

En el siglo XIX Ignacio Ramírez se hizo la pregunta que da título a este artículo, para inspirar lo que se conoció como liberalismo social, uno de los afluentes del impetuoso pensamiento liberal que dominara buena parte de ese siglo.

En nuestra época, que no inicia con la Cuarta Transformación, sino con las sucesivas crisis económicas y del Estado que marcaron el fin del siglo XX, la escritora Julieta Campos, desde Tabasco, también se hacía esa pregunta y varios gobiernos se aprestaron a responderla con desarrollo y recursos, con políticas y programas para erradicar la marginación social y rehabilitar zonas deprimidas; con solidaridad y organización comunitaria.

El magno cambio demográfico inscrito en su propia dinámica poblacional, pero buscado como política de Estado desde el gobierno del presidente Echeverría, irrumpe con una ironía: cuando más se le esperaba como un vector de cambio y desarrollo, las crisis económicas detienen la creación de empleos formales y a los recién llegados no les queda otro recurso que rascarse con sus propias uñas, poblando el universo laboral y dominando la escena urbana de México que se imponía.

Pobres y con pocas expectativas llegamos al nuevo siglo; viendo la transformación de una economía que no generaba los empleos seguros y bien remunerados prometidos con la propuesta del cambio estructural globalizador de entonces. Después llegó la alternancia en el poder, pero no en las políticas ni en la estrategia económica, dando paso a una ominosa cuestión social que, empero, fue vista como tema sectorial o de "seguridad nacional".

Las preguntas de El Nigromante y de Julieta siguen sin responderse; como comunidad, nos interpelan a todos. Apuntan a responsabilidades éticas y morales y, desde luego, a los políticos de la democracia y a la democracia misma.

Si el hambre y la pobreza, el desempleo y la inocupación masiva son el puerto de llegada del largo ciclo mexicano de reformas económicas y políticas, los sentimientos de la nación están heridos. La pobreza y la desigualdad no son, no deben serlo, horizonte humano para nadie.

(La Jornada)