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Una terapia visual. La medicina y el cine (Fernando Bernal)

La medicina y el cine mantienen un vínculo basado en la ficción, pero también en el poder terapéutico de las imágenes. Bergman o Kurosawa son solo algunos de los doctores más ilustres

"Las películas no tienen por qué tratar sobre medicina para proporcionar algún tipo de gratificación terapeútica. La evasión puede ser más que necesaria", señala Carlos Tabernero

A simple vista, una sala de cine y la consulta de un hospital no tienen mucho en común. Ni por ambiene ni por disposición física. En la sala hay oscuridad y se perciben el estruendo de la música y la melodía de los diálogos. En el ámbito sanitario hay luz y se aconseja hablar en voz baja o permanecer casi en silencio. Solo parecen compartir la norma de que en ambos lugares se aconseja no usar el móvil. Pero hay que traspasar la frontera que separa el mundo de las apariencias hasta llegar al mundo de las ideas para encontrar sus puntos de conexión. Lo que se comprueba es que no son espacios tan alejados y que se pueden encontrar similitudes sorprendentes en las que quizá nunca habíamos reparado. "La consulta es un espacio en el que buscamos algún tipo de alivio, físico, psicológico, emocional, en relación con nuestra experiencia personal; pero también colectiva e institucional, de la salud y de la enfermedad. Se trata de un lugar donde a veces nos enfrentamos a cuestiones de vida o muerte. El cine es un espacio en el que también podemos buscar y enfrentarnos a las mismas cuestiones, en tanto que es una herramientas que tenemo -individual y colectivamente,- para reflexionar sobre nuestra vida, sobre la sociedad en la que vivimos y sobre nuestras preocupaciones, intereses, miedos y nuestras expectativas. Esto ocurre incluso implícitamente, cuando lo que buscamos consiste precisamente en evadirnos de toda esa problemática cotidiana", asegura Carlos Tabernero Holgado, profesor del Centro de Historia de la Ciencia (CEHIC) de la Universidad Autónoma de Barcelona y autor del libro 'Terapias de cine: 50 películas básicas en torno a la medicina' (UAB).

Este planteamiento defiende que tanto las salas de cine como las consultas médicas constituyen dos espacios esenciales de acción e interacción social en la vida de las personas. Lo que lleva a la relación entre el cine y la medicina un paso más allá de la simple representación, es decir, de contar historias protagonizadas por médicos o que tengan como decorado los hospitales. La narrativa audiovisual basada en la medicina no se queda estancada en los estereotipos televisivos de series como 'Hospital Central', 'Anatomía de Grey', 'Urgencias' o 'The Good Doctor', o de personajes tan míticos dentro del imaginario colectivo como el doctor House. Es decir, de historias protagonizadas por personal sanitario en un entorno hospitalario que, finalmente, no están haciendo más que reproducir el esquema de un serial clásico con distintos grados de ligereza y cierta tendencia al maniqueísmo.

"Al mismo tiempo, no podemos olvidar la gran cantidad de cine de ficción que aborda directamente temas de salud y enfermedad o que los utiliza como telón de fondo para desarrollar otros conflictos de todo tipo y reflexionar sobre ellos. Estas obras constituyen un material de incalculable valor si se analizan con rigor, porque reflejan y construyen, al mismo tiempo, estos procesos como parte integral y fundamental de las sociedades en las que vivimos", asegura Tabernero Holgado. En este punto, surgen referencias míticas dentro de la historia del cine, maestros que han abordado la enfermedad y la medicina en el ámbito de su mirada como cineastas. Dos de ellos son Akira Kurosawa e Ingmar Bergman. "Ambos tienen filmografías donde estas cuestiones aparecen de un modo persistente y las maneras en las que las abordan, como todo lo demás en sus películas, son minuciosas, poéticas, a veces incluso muy duras y siempre enriquecedoras".
El profundo humanismo es una de las claves para entender el cine de Akira Kurosawa. El maestro japonés sentía un inmenso interés y un respeto reverencial hacia la condición humana. Esto le llevó a acercarse al mundo de la medicina a través del doctor protagonista de 'El ángel ebrio' (1946). Un hombre lastrado por el alcoholismo que desarrolla su labor en un barrio deprimido de la periferia de Tokio entra en contacto por casualidad con un mafioso, lo que permite al cineasta plantear cuestiones morales a partir del ejercicio de la medicina. Por otro lado, en 'Vivir' (1952) Kurosawa sitúa en primer plano la enfermedad que sufre su protagonista, un gris funcionario que se enfrenta al final de su vida. Un proceso terminal que le aboca a un final redentor a través del cual el cineasta demuestra, en cada una de sus secuencias, cómo se puede transmitir la emoción del que se prepara para la muerte.

La enfermedad, de nuevo un tumor, es el motor que impulsa la intensidad narrativa de 'Gritos y susurros' (1972), una de las obras capitales de Ingmar Bergman. La luz sanadora del director de fotografía Sven Nykvist se cuela por las habitaciones de la casa donde tres hermanas se reúnen a esperar la muerte de una de ellas. En este caso, el cine se convierte en una terapia para afrontar el dolor más desolador y lo hace a través de la mirada de este cineasta sueco esencial, que ya había trabajado antes sobre el poder que emana de las imágenes. Como si de un médico se tratara, se propuso enfrentar el diagnóstico que lleva hasta la desolación a las protagonistas de su mítica 'Persona' (1966). Bibi Andersson y Liv Ullmann interpretan a una enfermera y su paciente, una actriz que ha perdido el habla. A través de los dos rostros de ambas intérpretes, Bergman va trazando, entre otros muchos hilos narrativos, la identificación que se produce entre cuidador y paciente. Se generan vínculos y empatía, la misma relación que se establece entre el espectador y los protagonistas de las películas.

- La enfermedad en el cine de terror.

A las obras de Kurosawa y Bergman se podrían unir varios trabajos de Alfred Hitchcock, que tiene la enfermedad como eje central de la narración -'Vértigo', 'De entre los muertos' (1958) y 'Psicosis' (1960)-, y algunas películas clásicas de terror que funcionan también al mismo nivel y cuyas huellas se pueden rastrear ya en clásicos como 'Nosferatu, el vampiro' (1922), de F. W. Murnau, o 'El gabinete del doctor Caligari' (1920), de Robert Wiene. Asimismo, la filmografía de David Cronenberg está poblada de patologías y de trastornos de todo tipo que son la esencia de películas como 'La zona muerta' (1983) y 'eXistenZ' (1999), en la que la enfermedad funciona a nivel metafórico, o 'Inseparables' (1988), protagonizada por dos ginecólogos gemelos a los que interpreta Jeremy Irons.

Pero el poder terapéutico del cine no solo se materializa a través de las historias que cuentan las películas, también se ha utilizado como herramienta en procesos relacionados con la salud mental o tratamientos contra la depresión. El profesor de Psicología Gary Salomon fue uno de los primeros en investigar y escribir sobre la cineterapia y afirmó que podía ser "un catalizador para la curación y el crecimiento de aquellos que están abiertos a aprender cómo las películas afectan a las persnas y a visionarlas con conciencia, desarrollando la intuición, la inspiración, la liberación emocional o el alivio". De forma práctica, este psicoterapeuta estadounidense recomendaba una película a sus pacientes en cada una de sus sesiones y en la siguiente basaba su conversación en torno a ella, porque al final el cine influye en la forma en la que nos percibimos como personas o dentro de la sociead. "En este sentido, [la terapia] no tiene por qué darse viendo películas sobre o en torno a procesos de salud y enfermedad, puede ocurrir con 'Star Wars'. Las películas no tienen por qué tratar sobre o en torno a la medicina o a los procesos y experiencias de salud y enfermedad para proporcionar, sin embargo, algún tipo de gratificación que pueda considerarse terapéutica, sobre todo en las sociedades en las que vivimos. En este caso concreto, más allá de análisis sociopolíticos y cinematográficos más profundos, por lo demás necesarios, la evasión pura y dura, si bien resulta un privilegio, puede ser más que necesaria", concluye Carlos Tabernero.

(Tinta Libre, junio 2020)