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Consensos (Jon Juaristi)

Ante la perspectiva del final de una organización terrorista compleja como ETA (que engloba a la banda y a sus apéndices hoy legalizados y con mando en plaza), no conviene mezclar las tres instancias más directamente afectadas: a saber, los tribunales de justicia, el consenso político y los sentimientos de las víctimas. El final sólo se logrará si entre las tres se da un nivel suficiente de acuerdo en torno a las condiciones necesarias para el mismo, pero hay que evitar la intromisión coactiva de cualquiera de ellas en las áreas de competencia de las demás. Lo que no quiere decir que deban actuar como si las otras no contaran para nada, pero, como observaba Claudio Magris a propósito del caso italiano, «mezclar las razones de la ley con las de los sentimientos o los estados de ánimo constituye una chapuza letal, que envenena la justicia y la vida; es una barbarie mafiosa».

Se advertirá que no he mencionado las propuestas emanadas del complejo terrorista. Efectivamente, es un elemento del que se debe prescindir desde el principio. Como si no existieran. La mínima cesión en ese terreno aseguraría la continuidad de ETA, que consentiría en vestir corbata mientras se aceptasen sus exigencias (además, éstas irían creciendo, como lo han hecho desde que volvió a las instituciones vascas a través de Bildu). Las condiciones del final deben imponerse unilateralmente, es preciso subrayarlo, desde el consenso de las fuerzas políticas que representan a la sociedad española, pero los tribunales deben seguir trabajando con absoluta independencia.

A nadie se le escapa que, en estos momentos, el consenso es imposible. El Gobierno se ha ocupado de destruirlo a lo largo de dos legislaturas. Algo, sin embargo, debe quedar muy claro: sin consenso político entre los demócratas, no habrá final de ETA. Acumularemos desánimo, fatiga y melancolía, que se irán traduciendo en disensión social y exacerbarán los fanatismos de todo signo. Con la inestimable ayuda de un gobierno de ineptos y desaprensivos, ETA ha conseguido la regresión de la sociedad española a un clima sentimental de intolerancia y maltrato mutuo que recuerda los de las peores épocas de nuestra historia. Al lado de esta desdichada circunstancia, las conferencias de paz y otros carnavales donostiarras fuera de sazón se quedan en bufonadas nimias. Ni siquiera un eventual anuncio de autodisolución por parte de ETA tendría la mínima pertinencia mientras no encuentre enfrente a una sociedad unida.

En ello, en la restauración del consenso, tendremos que empeñarnos todos a partir del 20 de noviembre. Antes de las elecciones, parece imposible siquiera intentarlo. Pero algo podemos ir haciendo. No estaría de más que evitáramos confundir a los electores de los partidos que no gozan de nuestra simpatía con sus dirigentes más connotados. Por alguna parte hay que empezar, y repetirnos, todas las veces que haga falta, que quien discrepa de nosotros no es necesariamente un hijo de puta, como pensaba y declaraba cierto ex alcalde socialista, no sería un mal comienzo. Hay que tener la certeza, en cualquier caso, de que el terrorismo no puede terminar en una alegre suma cero donde todos salgamos ganadores. O ganamos nosotros, o ganan ellos. No hay otra salida.

ABC