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Volverse pobre (Daniel Kaplún)

Daniel Kaplún es Licenciado en Sociología por la Universidad de Montevideo (1974). Posee más de 30 años de experiencia en investigación social, de mercados y de opinión, habiendo ocupado entre otros los cargos de Director del Departamento Cuantitativo en IOPE-ETMAR (1988-90), Director de Estudios en GABES (1990-92) y Director Técnico en DEMOSCOPIA (1992-2004) y en TNS (2004-2006). Actualmente es director general de GEOM (Gabinete de Estudios de Opinión y Mercado, SLL) y socio director de HERKAP, SL. Es profesor asociado de Técnicas de Investigación Social y de Diseño de Investigación en la Universidad Carlos III de Madrid e integra el equipo docente de dos programas Master de la Universidad de Alcalá de Henares

A través de este ensayo trataremos de comprender los procesos afectivos que conlleva la adaptación a la pérdida de los medios de supervivencia en las ‘clases medias’, tanto a nivel individual como familiar y social.

Para ello planteamos algunas hipótesis que nos ayuden a organizar la reflexión:

1. La tendencia inicial es a vivir la depauperación como una culpa personal, frente a la que se reacciona con vergüenza y que, por lo tanto, se trata de ocultar, sobre todo de cara al entorno social y a los hijos (si los hay).

2. Esa tendencia es tanto más acusada cuanto menos generalizada esté en el entorno social.

3. El proceso adaptativo incluye la reformulación de pautas de consumo, pero también la redistribución del tiempo, debido a una reducción brusca de la actividad.

4. Esa redistribución del tiempo suele vivirse de forma distinta en la mujer que en el hombre, dado que suele darse en los varones una mayor vinculación entre la ocupación productiva y la propia identidad.

5. Esta mayor vinculación tiende a traducirse en que si el hombre ha perdido su trabajo y la mujer lo mantiene, no siempre el primero asume las tareas del hogar; y ello suele degenerar en conflictos de pareja.

6. Si se pierde la vivienda, es habitual retrotraerse de la familia nuclear a la extensa, en la que tres generaciones conviven bajo el mismo techo. Pero incluso sin llegar a la convivencia, los primeros apoyos externos que se suelen recibir son los familiares, y son también éstos los primeros entre los que se suele verbalizar la situación.

7. Son los inmigrantes depauperados los que tienen menos acceso a la solidaridad familiar, a veces sustituida por grupos de connacionales.

8. Una de las mayores dificultades de adaptación al empobrecimiento supone minimizar los gastos dedicados a las relaciones sociales, pero la búsqueda de pretextos para eludir estos gastos resulta dificultosa, sobre todo cuando los otros no viven esa necesidad; no podemos aceptar siempre que nos inviten, pero tampoco imponer nuestras restricciones al grupo.

9. En cualquier caso, la percepción afectiva inicial frente al empobrecimiento tendería a ser individual: nos sentimos culpables de lo que nos está sucediendo, nos produce vergüenza, y procuraremos que los demás no lo noten. Esa actitud individualista tiende a resultar paralizante y a generar aislamiento, lo que, a su vez, impide pedir ayuda. Es habitual, por tanto, que otros den el primer paso para “imponernos” su apoyo.

10. Mientras no se dé esa aceptación de la solidaridad, la búsqueda de soluciones será también individual. Sólo se puede enfrentar colectivamente la situación superando la culpa y la vergüenza.

11. El paso de la solidaridad a la lucha no es automático, aunque tiende a acelerarse. Y requiere una reorientación de la identidad de clase, que implica la renuncia a la posición de origen y la asunción de un nuevo posicionamiento, la defensa de otros intereses y, en última instancia, un profundo cambio ideológico.

Todo ello implica, por tanto, que el empobrecimiento sobrevenido constituye un proceso complejo que es necesario desagregar en varias dimensiones diferenciadas, pero ligadas entre sí:

- Su dimensión económica: la secuencia de restricciones, su orden cronológico y la motivación que lo justifica

- Su dimensión familiar y de género: los cambios de roles y tareas y sus repercusiones afectivas, e incluso, en determinados casos, el cambio del modelo familiar.

- Su dimensión social: la adaptación de la vida social a la menor capacidad de consumo y las reacciones del entorno frente a ello.

- Su dimensión de clase social. Pues el empobrecimiento sobrevenido nos obliga a la adopción de pautas de conducta propias de una clase social de la que no nos sentimos parte.

- Y por último, su dimensión política, en la medida en que asumamos nuestra identidad de clase sobrevenida, y por lo tanto sus intereses. Lo que, en lenguaje marxiano, se denominaría el paso de la “clase en sí” a “clase para sí” o, en términos más contemporáneos, “empoderamiento”.

- Pero teniendo en cuenta que no se trata de un engrosamiento de las clases trabajadoras tradicionales, sino del surgimiento de un nuevo colectivo, las “capas medias depauperadas”, cuya ideología oscilaría aún entre la nostalgia por la posición perdida y la búsqueda de su nueva identidad.

Se trata, por tanto, de un proceso que lleva de la humillación a la recuperación de la dignidad, por la vía de percibir como derechos irrenunciables dotaciones básicas que antes se exhibieron como éxitos personales.

(La Marea)