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Nuestra oscuridad (Ángel Gabilondo)

Entre las diversas modalidades de ceguera no es menos inquietante la que nos impide ver la oscuridad. Algo se nos resiste a la absoluta apropiación. No pocas veces sentimos que no acabamos de acceder ni siquiera a nosotros mismos. Resultamos un tanto inaccesibles y no solo para los demás. No necesariamente porque seamos rebuscados, sino porque no parecemos encontrarnos. No es por falta de introspección, ni siempre este ha de ser el camino, aunque tampoco resulte desechable. Es algo contundente y sencillo, implacable. No somos ni mera penumbra ni pura transparencia. Y no hablamos únicamente de lo que velamos u ocultamos, sino de lo que no se nos alcanza.

Aprender a convivir con lo que no se deja reducir es tanto como asumir que no nos tendremos nunca del todo. Nuestros necesarios esfuerzos por comprender, por entender, por saber, una y otra vez se encuentran con lo que nos resulta inaprensible. Ese fondo de penumbra no nos es ajeno. No parece menos nuestro que cualquier luminosidad.

En ocasiones es tan consistente que tiende a ocuparlo todo. Va penetrando como la niebla, como la bruma, y poco a poco modifica la percepción. La distancia, las formas, las sensaciones e incluso los sonidos son otros. Cualquier menudencia tiene un aire acechante, confuso y un tanto peligroso. Nos mantiene inquietos y alerta, pero no deja de ser algo paralizante. No es necesariamente la noche, es la oscuridad. Y, sin embargo, en cierto modo nos pertenece, nos habita, no es un mero exterior. Incluso diríase que nos constituye. No es solo nuestro clima, es nuestra atmósfera.
Habitar esa oscuridad constitutiva, esa impenetrabilidad, tal vez nos permite afrontar con mayor radicalidad aún la voluntad de transformación, desde la constatación de que no se persigue el imperio de la luz, sino el de la adecuada visibilidad. Y para ello se precisa opacidad y resistencia a esa propia luz. De lo contrario, nada se ve, como ocurre fuera de la caverna platónica. Y en cierto modo, no hay nada que ver, al constatar que nada tenemos que ver con ese escenario brillante. Ni dentro, ni fuera; nuestra oscuridad no se asienta en esos acomodados lugares.

También cuesta aprender a no saber, a no poder, a no llegar. O a constatar que ni siquiera son formas de negación. Hay algo afirmativo en lo que llamamos oscuridad, algo que no se deja caracterizar simplemente por anulación. Es una falta de luz, una carencia, pero no por ello cesa de decir, de dar, de hacer.

Que sea afirmativo no significa que haya de ser siempre positivo. Ni necesariamente gratificante. No pocas veces el desconcierto, incluso el sufrimiento y el dolor se insinúan y se ofrecen en esa oscuridad con tanta contundencia que prácticamente podría subrayarse que lo son sin objeto, que ellos mismos son el objeto de tamaña oscuridad. Ni siquiera siempre existe el reposo de una causa o el alivio del conocimiento. Ni tal vez del sentido.

No es que no nos resulte clara, es que su claridad consiste en ser carencia, falta; no incumplimiento o fallo. Podemos, quizá perfilar las orillas de la laguna negra, navegar por ella, pero toda incursión no hará sino confirmar su consistencia. Ahora bien, su existencia es inexistencia de transparencia o de luz, lo que no evita que ofrezca su palabra. Y conviene escuchar. Y aprender a vivir con esta, no ya incomodidad, sino inviabilidad: la de la absoluta transparencia. Acceder a su superficie es ya haber tocado nuestro fondo.

Son tiempos en los que, por otra parte, se preconiza esta absoluta transparencia. Mientras, a la par, proliferan los procesos de ocultación y de silenciamiento. Ello explica el malestar y la reivindicación. El deseo de conocer responde asimismo a la necesidad de disponer de buena información, de los procedimientos y recursos para valorar, para decidir, para elegir. Y con razón. Pero, en ocasiones, los límites lo son del propio conocimiento y la experiencia de tales límites previene de una lectura ingenua de la transparencia, como si todo fuera traslúcido. Y a su vez, semejante experiencia de los límites del conocimiento ha de ser asimismo la de su franqueamiento posible. Y en ello nos sentimos concernidos y a ello nos sentimos convocados.

Sin embargo, la ingenuidad de pretender un retorno a la vacuidad y a la inocencia de la pura luz y transparencia confirma la nostalgia de la ausencia de oscuridad. Nostalgia de lo nunca sucedido. El límite no es solo restricción. Constata nuestra precariedad, vulnerabilidad y limitación. No es un asunto simplemente de privacidad o de intimidad, sin duda de enorme importancia. Es hacerse cargo de que incluso si todo se hiciera patente, si quedaran esbozadas todas las razones, presentados todos los hechos, formuladas todas las causas, aún sentiríamos que falta luminosidad. Esta no obedece simplemente al apogeo del conocimiento. Hemos de saber, y esto no se restringe al necesario conocer, que la mayor de las grandilocuencias es la de ignorar que uno se desborda a sí mismo, se ve desbordado. Y paradójicamente, aceptarlo es un gesto, no de arrogancia, sino de sencillez.

De ahí que ni siquiera quepa la ostentación de la oscuridad, como prurito de supuesta profundidad, complejidad o interés. Ni deslumbrante, ni vulgar, la oscuridad no deja de ser inquietante. Es cosa de hacer de ella fuente de creación y de acción y no ni una coartada, ni un señuelo.

No se trata de añorar la oscuridad. Es demasiado patente para echarla de menos. Pero no es tan fácil reducirla a sus justos límites. Convivir en tensión permanente con ella es tanto como hacerlo con nosotros mismos. En ocasiones parece tratar de imponer su imperio, de hacerse con todo, de poblar cada palabra de impotencia y de desazón, de erigirse en el supuesto realismo del discurso social y público. Y entonces es tiempo de entender que las tinieblas más letales no son las de nuestra oscuridad, sino las de nuestra claudicación. O las de nuestras euforias fluorescentes.

(El salto del ángel, El País)