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Orientarse en el pensamiento (Ángel Gabilondo)

Podría ocurrir que nuestra desorientación fuera de pensamiento. No basta con determinar la posición respecto de un punto cardinal para considerar que aquella ya está orientada. En todo caso, es una forma de encontrar a partir de algo, lo que exige que la referencia esté previamente establecida. No es difícil reconocer que, o bien entramos en un juego de remisiones sucesivas o, en última instancia, ni siquiera bastaría dar con el oriente. Incluso para orientarse geográficamente precisamos elegir un fundamento de diferenciación. Otro asunto es cómo orientarse en el pensamiento, aquello que Kant se pregunta expresamente qué significa, a qué llamamos hacerlo.

Baste decir que no es difícil hacer la experiencia de sentirse desbordado por tamaña pretensión y que, en cuanto uno se descuida, se ve enredado en ensoñaciones, sobre todo si la piedra de toque no es la razón. Precisamos siquiera una creencia racional, que no llegaría a ser un saber, pero podría ser un postulado de la razón, o una opinión dispuesta a lo que la ratifique como tal saber. Eso nos permitiría tomarlas por verdaderas, creer razonablemente en ellas. Sería suficiente con tenerlo en cuenta para reivindicar la libertad de pensar.

A ello se opone, como Kant señala, la coacción civil, que nos impide vivir esa libertad en comunidad y comunicar públicamente lo que pensamos. También se le opone la intolerancia, la de quienes se erigen en tutores de lo que han de creer los demás, proponiendo lo que es obligatorio pensar, considerando peligrosa una indagación personal y propalando el miedo a valerse por sí mismo. Pero la libertad de pensar significa no creerse tan genio como para no someterse a la ley que la razón se da a sí misma, lo que conduciría a doblegarse bajo el yugo de las leyes impuestas por algún otro. Mas aún, la ausencia explícita de ley en el pensamiento supone la pérdida de la libertad de pensar.
En tal caso, las decisiones terminantes y las grandes expectativas iniciales abren espacio a un delirio posterior, el de la iluminación, lo que tarde o temprano conlleva la confusión de lenguaje y, curiosamente a la par, la proclamación de lo que es obligatorio pensar, la superstición de que eso es lo único que ha de pensarse. Ni siquiera así se logrará que la razón humana deje de tender hacia la libertad y no se resigne al estado general de descreimiento en ella, en el que se acuna el escepticismo.

No es imprescindible seguir hasta aquí a Kant. Baste con dejarse alcanzar por sus supuestamente ya desplazadas palabras: “Admitid lo que os parezca más auténtico, luego de un examen cuidadoso y sincero. Pero no neguéis a la razón lo que hace de ella el bien supremo sobre la Tierra, a saber, el privilegio de ser la última piedra de toque de la verdad. Si no, indignos de esa libertad, seguramente la perderéis y arrastraréis en esa desgracia a vuestros semejantes que son inocentes y estarían seguramente dispuestos a servirse legalmente de esa libertad y, así, a usarla con el fin del bien de la humanidad.”

La libertad es un principio de vida, pero asimismo también y en la misma medida, una tarea, la de aquello que nos constituye en nuestro propio ser. Esa tensión late en el pensar, que no es un simple procedimiento para perseguir, sino asimismo para procurar, lo que comporta un verdadero ejercicio. Para empezar, el de no sustraer a esta tarea del pensar los problemas primordiales y urgentes que acucian al mundo.

No basta la inercia y la rutina de nuestros pensamientos, se requiere el coraje y el valor de la tarea de pensar, de lo que podemos vinculado a lo que sabemos, no simplemente a lo que presumimos pensar. Y ello supone una actitud crítica y un trabajo, incluso una no claudicación ni siquiera a los tópicos que hemos asentado en nosotros, y en los que nos aposentamos. Ilimitados en nuestras ocurrencias y ensoñaciones inauguramos así otras formas de obediencia. De este modo, ni nos reactivamos ni logramos algo otro que airear aquello de lo que seríamos capaces. Lo único que quedaría claro es lo que ya somos.

Sin embargo, la libertad ha de ser a su vez el nombre de un quehacer que incluye el análisis de nosotros mismos. De lo contrario, el vocerío de su presunta caracterización no preludiaría sino su peligrosa puesta en entredicho. Al menos, de la libertad ajena. Y lo que es más delator, no nos costaría reconocer que este diagnóstico se aplica perfectamente y sobre todo a los demás; más exactamente a los otros, a quienes ya hemos previamente encapsulado.

De este modo, la libertad de pensar empezaría por presuponer que “el resto” precisa de nuestras iluminaciones. Sin duda nos podemos acompañar, impulsar, hasta orientar conjuntamente, pero conviene no erigirse en expedidores de certificados de pensamiento verdadero, de verdadero pensamiento, patrocinadores de la auténtica libertad, la nuestra. El principio de una crítica y de una creación permanente de nosotros mismos en nuestra autonomía comporta entender que la arrogancia es ya desorientación.

La libertad de pensar no se reduce, por tanto, a la mera fidelidad a unos elementos de doctrina, consignas del modo de proceder, recetas de comportamiento, sino que exige la reactivación permanente de una actitud, que conlleva una forma, una manera de vivir, una manera de pensar y de sentir, que es a la par un modo de conducirse. Es lo que los griegos llaman un êthos. Ello exige una ingente fuerza y, a su vez, una enorme voluntad de verdad. De ahí que orientarse en el pensamiento, y la libertad que requiere, implique al mismo tiempo el cuidado de los otros y que sea tanto una actitud como un comportamiento.

Precisamente por esto Kant preconiza no solo el derrocamiento del despotismo y de la opresión, labor sin duda necesaria, sino una verdadera transformación de la manera de pensar, la que no se limita a recitar lo incuestionable. Esta reivindicación de la decisión y el valor frente a la pereza y la cobardía es a su vez una llamada a la consistencia de la mesura del pensar, a lo ponderado de la libertad, a lo ajustado de la libertad de pensamiento. Esta es su radicalidad. El atrevimiento mayor consistiría en no claudicar ante las ocurrencias ajenas, pero menos aún ante las propias, confundiéndolas con el pensamiento crítico.

Qué signifique pensar es una cuestión permanente. Darla por clausurada considerando que es un asunto formal, que la razón es una suerte de instrumento, ignora hasta qué punto no es indiferente de la constitución del propio presente. Y tamaño aislamiento no solo disgustaría a Kant y a Hegel. Incomodaría a Foucault. Y no solo a esos filósofos. También a nosotros mismos. Simplemente sería pura desorientación.

(El salto del ángel, El País)