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Mucho ruido y pocos cambios en Estados Unidos

Las dos campañas electorales norteamericanas tienen en común los esfuerzos de ambos candidatos por superar el desencanto popular con sus candidaturas, pero parecen tener poco efecto: no ha pasado ni un mes desde que concluyeron las convenciones, pero el resultado es que los candidatos tienen el mismo apoyo popular que antes de empezar esta última fase de la carrera electoral.

No es que el panorama sea tranquilo, pues Hillary Clinton sigue enfrentándose a revelaciones e investigaciones en torno a su gestión en el Gabinete del presidente Obama, mientras que Donald Trump sigue ocupando titulares con el desarrollo errático de su campaña.

Cualquier persona interesada en la política puede escoger cada día entre las sorpresas republicanas y las demócratas. Esta semana, por ejemplo, en el mismo día en que Clinton vivía otro episodio de su saga con los correos electrónicos, cuando el FBI envió al Congreso el informe de sus investigaciones al respecto, Trump volvía a cambiar la organización de su campaña que, aparentemente, pone en manos de un personaje con tan poca experiencia electoral como él… pero con una actitud igualmente incendiaria.
A pesar de estos cambios, que hacen augurar una continuación de su campaña iconoclasta y su estilo insultante y agresivo, son ya tres los discursos en poco más de una semana en que Trump se ha mostrado disciplinado y se ha mantenido centrado en su mensaje. De momento, esta nueva conducta no se refleja en las encuestas y las perspectivas parecen seguir una marcha inexorable en favor de la ex primera dama, que acrecienta su ventaja.

Pero en realidad esta ventaja es la misma que en el mes de junio, algo que probablemente preocupa a Clinton y a su equipo -o al menos debería inquietarles-. Porque los errores sucesivos y frecuentes de Trump, que ha perdido una oportunidad tras otra para aprovechar el impulso de su convención y para atacar los errores y puntos débiles de su rival, junto con la campaña masiva de los medios informativos en contra de Trump, le deberían haber dado a Clinton una ventaja importante y consolidado los repuntes de popularidad que siguieron a la Convención Demócrata.

Y es que el problema de Clinton es múltiple: no se trata simplemente de sus desventajas naturales, -tanto por su personalidad como por el entorno político-, sino que ni su perfil ni su trayectoria política capitalizan el descontento de las masas que dan apoyo a Trump, cuyas propuestas son las que mejor resuenan entre el electorado.

Es él quien responde de una forma aceptable a la masa de electores en las dos cuestiones que más preocupan ahora. En primer lugar, se trata de la economía que sigue renqueando y no se ha recuperado de la crisis de 2008. Detrás, sigue la amenaza terrorista, que los norteamericanos viven en su propio territorio y en las imágenes que las televisiones les llevan de los atentados en Europa.

En ambos puntos, Clinton tiene una desventaja fundamental, y es que representa la continuación del gobierno del presidente Obama, que no ha podido ni superar la recesión ni evitar el auge terrorista. A esto se suma el escaso talento político de la ex primera dama, que ella misma reconoce, la serie de problemas en que se ha visto envuelta y la habitual alternancia de poder entre ambos partidos, que en este momento favorece a los republicanos.

Pero, sobre todo, las propuestas de Trump hacen vibrar a millones de personas. Quienes las critican adquieren una imagen elitista que, en este año populista, no hacen más que beneficiar a Trump.

Afortunadamente para Clinton, esta ventaja se ha visto hasta ahora más que compensada por la personalidad inestable del republicano, que no parecía ni haber entendido el funcionamiento de las campañas electorales ni estar dispuesto a escuchar la opinión de los expertos en la materia, o seguir sus consejos.

El magnate neoyorquino ganó tan fácilmente los 13 millones de votos que le dieron la victoria en las primarias que persiste en las mismas tácticas para conseguir los 65 millones necesarios para llegar a la Casa Blanca. Su estilo combativo le gana aplausos y adoración en los actos electorales, algo que parece subírsele a la cabeza y convencerle de que hay un electorado oculto, que no se refleja en las encuestas, pero que acudirá masivamente el 8 de noviembre para convertirle en presidente.

- Posible viraje.

Pero podríamos estar al principio de una nueva estrategia. Trump parece haber contemplado el abismo y visto qué podría perder, de forma que, si bien su nuevo director de campaña tiene un historial incendiario, el candidato se muestra disciplinado. Y ha delegado los ataques personales en dos fieles acólitos, el ex alcalde de Nueva York, Rudolf Giuliani, y el ex presidente de la Cámara de Representantes, Newton Gingrich, en tanto que Trump adopta una conducta más elevada. Incluso ha reconocido que a veces se ha pasado y se ha mostrado arrepentido.

A pesar de todo, podría ser demasiado tarde para que Trump se recupere, pero los pronósticos no empiezan a tener valor hasta la primera semana de septiembre y se convierten ya en una alta probabiliad después del primer debate presidencial, fijado para el 26 de septiembre.

(Diana Negre, Deia)