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El Rey redujo casi a la mitad su presencia en Cataluña en 2016

Durante 2015, Felipe VI estuvo prácticamente todos los meses en Cataluña. Con el impulso del cambio dinástico y el aval de los vínculos que la Corona había establecido en Girona, se convirtió en un destino preferente. En un momento en el que el soberanismo todavía no había alcanzado la velocidad de crucero y Convergència aún estaba abrazada a Unió, la agenda de La Zarzuela se llenó de citas en las cuatro provincias catalanas.

El Rey partía de la convicción de que “Cataluña nunca es un problema”, pero sin soslayar que en Cataluña había problemas, como las manifestaciones independentistas habían aflorado dos años antes y lo había evidenciado la consulta independentista del 9-N de 2014. Y esa situación se configuraba como el principal obstáculo en su reinado.

Más allá del contenido de las visitas, la presencia del jefe del Estado en Cataluña, y sus constantes invocaciones a “lo que nos une” (enunciado que reemplazaba la tradicionalista “unidad” de España), podían constituir un contrapeso al independentismo en un año electoral. Un intento de transmitir normalidad ante la inestabilidad, de enfriar las tensiones.
Ese año, que concluyó con la aprobación del Parlament del inicio del proceso hacia la independencia, el Rey realizó 10 desplazamientos a Cataluña y participó en 12 actos. Algunos de ellos se podían considerar habituales, como los Premios Princesa de Girona o la inauguración del Mobile World. Otros, en cambio, eran extraordinarios, como el centenario de las Cavas Freixenet o la Asamblea Anual del Foro Iberoamérica. Incluso irregulares, como la final de la Copa del Rey de fútbol. Pero todos reforzaban la idea de asiduidad.

La frecuencia en los viajes, sin embargo, se quebró en 2016, un año complicado desde el punto de vista político en el que el soberanismo aprovechó la interinidad para afianzar su hoja de ruta. Durante este periodo, la presencia del Rey en Cataluña se redujo casi a la mitad. Viajó seis veces con nueve actos en su agenda, la mayoría citas periódicas como los Premios Princesa de Girona, la entrega de galardones Carles Ferrer Salat, la adjudicación de despachos de la carrera judicial o la cena del Mobile World.

- El Gobierno incrementa sus visitas.

Durante 2016 el Partido Popular catalán reclamó en varias ocasiones que el Estado y el Rey tuvieran mayor presencia en Cataluña para contrarrestar la presión del soberanismo. A finales de año, el partido eligió Barcelona para debatir la ponencia económica y territorial que llevará al congreso nacional que celebrará en febrero.

Ese acto fue abierto por la vicepresidenta del Gobierno, Soraya Sáenz de Santamaría, a la que Mariano Rajoy ha encargado una nueva estrategia para frenar el independentismo: rebajar el frente jurídico y reforzar el diálogo con la Generalitat. Fue la cuarta visita a Cataluña que realizaba Sáenz de Santamaría en un mes.

En su discurso, reivindicó una estrategia de diálogo y presencia en Cataluña tras las duras críticas recibidas desde la fundación de José María Aznar. Frente a “la dinámica del conflicto, vamos a estar aquí”, dijo. “El Gobierno va a estar aquí hablando con las instituciones catalanas y también con el conjunto de los catalanes. Sabemos escuchar y sabemos ponernos en el lugar del otro”.

En este desfase entre las visitas de un año y otro “no hay ninguna razón voluntaria”, según fuentes de la Casa del Rey, que desvinculan la reducción con la inestabilidad política que ha vivido España con 10 meses de Gobierno en funciones o de los acontecimientos que se han dado en Cataluña con la agitación soberanista.

- Fija en la agenda.

Estas mismas fuentes aseguran que Cataluña es una de las comunidades “con mayor grado de estabilidad” en la agenda del Rey porque hay una serie de actos fijos, que se repiten en función de su carácter anual o bianual, como el Mobile World, al que también acudirá el próximo febrero. Incluso incrementan en una las visitas del pasado año a Cataluña con la que la Reina realizó en septiembre con motivo de dos actos relacionados con la lucha contra el cáncer.

Pero 2016 tampoco ha sido el mejor año en las relaciones entre La Zarzuela y la Generalitat, después de que el Rey hubiese constatado que el camino iniciado por el Gobierno catalán no tenía vuelta atrás. El 11 de enero las orillas entre la Corona y la principal institución de Cataluña se alejaron todavía más cuando el Rey, alterando una inercia, no concedió audiencia a la presidenta del Parlament, Carme Forcadell, para que le comunicara la investidura del nuevo presidente de la Generalitat, Carles Puigdemont. La Casa del Rey pidió una comunicación “por escrito” para “cumplir los trámites establecidos en la Constitución y en el Estatuto de Autonomía de Cataluña”, evitando así la notificación presencial de Forcadell en La Zarzuela.

El lance, más allá de la fractura institucional y la reprobación de la mayoría del espectro político, suministró abundante munición al argumentario soberanista y abrió la veda en las filas independentistas a episodios de rechazo a la figura de Felipe VI que se han repetido a lo largo del año. La Zarzuela trató desde entonces de enfriar la crispación y las sonrisas y los apretones de manos presidieron los siguientes encuentros, pero el proceso para proclamar la independencia en 2018, con otro referéndum para septiembre de este año, estaba en marcha.

La Zarzuela impuso el perfil bajo desde entonces. Aunque la inquietud por la situación política de Cataluña permanece en algunos discursos del Rey, se ha consolidado como un sujeto elíptico en sus palabras. El jefe del Estado ha reducido sus menciones y cuando las hace no la designa de forma explícita. La cuestión catalana se ha convertido en un problema sin nombre, como ha puesto en evidencia el reciente mensaje de Navidad, en el que el Rey dedicó varias alusiones en sentido genérico al asunto sin emparejarlas a un sujeto que ofrecía pocas dudas sobre su identidad.

(Miquel Alberola, El País)