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Salafismo: ¿ley o trampa en el Islam radical? (Patxi Lázaro)

A los vascos se nos atribuye desde antiguo la propensión a litigar. Ya entre las páginas de El Quijote asoma un personaje estereotípico que por su conocimiento de las leyes y condición de vizcaino bien pudiera ser, a juicio de Sancho, “secretario del mesmo rey”. En el Islam, los pleitos legalistas definen una constante histórica. La idiosincrasia de los pueblos árabes debe mucho a la influencia de una jurisprudencia de sus propios textos sagrados que, al combinarse con un idioma de gran capacidad expresiva y el carácter extrovertido del árabe, predispone al debate, lo mismo que al comercio y a la revuelta social.

Las cosas han cambiado mucho desde el Siglo de Oro y las grandes disputas teológicas del Califato. El genuino estilo vasco no consiste en desgranar normativas en busca del giro casuístico y torticero que finalmente nos permita arrimar el ascua a nuestra sardina. Al contrario, las negociaciones, en cualquier tipo de esfera, tienden a basarse en procesos de cooperación y no en torneos dialécticos de letrados. Quien litiga, querulea y discute con los jueces es la gente poco preparada. Los profesionales se enfrentan a los problemas y los resuelven. Lo hacen de un modo razonable que está conforme con el espíritu de la ley y no solo con el tenor literal del parágrafo que conviene.

- Una buena noticia...

Mediante sentencia del Tribunal Superior de Justicia de Madrid, el pasado 27 de abril quedó desestimada la demanda interpuesta contra el Ministerio de Justicia y la Comisión Islámica de España (CIE) por los representantes de la Federación Española de Entidades Religiosas Islámicas (Feeri), el marroquí Mounir Benjelloun y el islamista español Francisco Jiménez, también llamado Othman. Con esta resolución, la autoridad judicial refuerza el proceso iniciado en 2015 para establecer un interlocutor único entre el Islam y las administraciones públicas, presidido por el musulmán moderado Riay Tatari. Podemos valorar esto como una buena noticia porque lo es. Pero para llegar a tierra firme aún queda mucho.
La difícil travesía hacia una integración de los colectivos islámicos en el entramado institucional y social de Occidente continúa. Más que una confianza ciega en el automatismo de nuestra maquinaria normativa y legal, lo que conviene es desplegar una actitud de vigilancia permanente.

No hace falta mirar muy atrás hacia nuestro propio pasado para hallar intentos de torcer la ley con vistas a reivindicaciones maximalistas, que en lugar del bien común lo que perseguían era el logro de objetivos sectarios a costa de comprometer la estabilidad de la sociedad vasca. Lo mismo hace ahora el islamismo radical, en cualquier país y contexto social en que se presente la necesidad de defender la Sharía o el islamismo radical a costa de las leyes locales

Esta actitud era impensable en la Europa de hace veinte años entre los colectivos musulmanes denominados de primera generación. Sin embargo, el ascenso de formas revisionistas de espiritualidad islámica lo hace no solo posible, sino también, y hasta cierto punto, inevitable.

- Literalidad ramplona.

El salafismo consiste en una literalidad ramplona en cuanto a las interpretaciones coránicas y la observancia de preceptos simples: hombres llevando barbas como las del profeta, velos y burkas para las mujeres, obsesión por la comida halal, etc. Si hubiese que buscar algún paralelo en nuestro contexto cultural laico, probablemente lo tendríamos en esa manía por la corrección política puntillosa y extrema que mucha gente, a falta de más elevado criterio, exhibe en la vida cotidiana y las redes sociales.

Grandes masas de inmigrantes incultos y una juventud inadaptada perteneciente a segundas y terceras generaciones, que no acaba de hallar su encaje en las sociedades de acogida, llevan a cabo su yihad personal a través de un compendio de reglas fácilmente discernibles que no solo les permiten alcanzar el Paraíso. También les proporcionan una seña de identidad propia, permitiéndoles diferenciarse de la población occidental y controlar mejor a sus propios correligionarios musulmanes en busca de deslices contra la ley islámica y otros indicios de infidelidad al Profeta, que en ocasiones pueden desembocar en el conflicto social. No es broma, ya existen cuerpos espontáneos de policía moral patrullando barrios musulmanes de Londres, París y otras grandes urbes europeas. Observen que de aquí a reclutar voluntarios para el Estado Islámico y otras actividades nocivas para la seguridad interior de Europa no es mucho lo que falta.

Así las cosas, lo extraño es que no haya más abundancia de pleitos torticeros. Probablemente, llegaremos a ello. Y para entonces habría que estar preparados no solo para hacer cumplir nuestras reglas de juego. También habríamos de estar dispuestos a exigir que nuestros responsables políticos se muevan en el sentido que indican el espíritu de la ley y los principios fundamentales de nuestra cultura occidental: derechos humanos, democracia y laicismo.

- Un producto de la historia.

Si un buenismo banal, unido a la pereza típica de esos sectores de la ciudadanía que se han acostumbrado a gozar de las ventajas del Estado de Derecho sin contribuir a los sacrificios que el sostenimiento del mismo exige, nos llevara a ceder ante las exigencias del radicalismo islámico, considerándolas como algo marginal o un asunto interno de las comunidades musulmanas, entonces lo que realmente nos merecemos no es la democracia ni el laicismo, sino a Tarik y Muza en el ferri de Algeciras.

El islamismo radical no es una simple incidencia en el ámbito de la seguridad interior, sino un producto de la historia, capaz de impulsar a clérigos visionarios, masas populares, ejércitos, jeques adinerados y terroristas suicidas. Euskadi se encuentra adherida al extremo suroccidental de la Unión Europea, en proximidad inmediata a una zona de frontera entre Occidente y el Mundo Islámico que ahora parece tranquila y en buenas manos, pero que en el momento menos esperado podría ponerse a temblar. Y, como hemos visto con motivo de los últimos conflictos del Oriente Medio y la denominada Primavera Árabe, la historia favorece más a los movimientos basados en la religión que a los esquemas occidentales o las tendencias de regeneración inspirados en el laicismo palestino de otros tiempos.

Se trata, por tanto, de algo serio. Y como tal, exige el despliegue de nuestras mejores virtudes públicas: realismo político, liderazgo en la dirección, profesionalidad funcionarial y una opinión pública bien informada. De lo contrario los resultados van a constituir una pesada carga para la próxima generación.

(Deia)