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Dora Richter. Una pionera bajo la esvástica

Dora Richter después de la operación de cambio de sexo a la que se sometió en el Instituto para la Ciencia Sexual, donde encontró trabajo de criada. Antes se ganaba la vida haciendo de camarera
Reportaje

La primera persona que se sometió a una cirugía de reasignación de sexo, Dora Richter, fue asesinada por los nazis en 1933

Richter se cambió de sexo después de varias operaciones en 1931

Hirschfeld salía en el primer film en defensa de los homosexuales

15.000 personas llevaron el triángulo rosa en los campos de exterminio

Los primeros días de mayo de 1933 era normal ver desfilar grupos de estudiantes uniformados por delante de la preciosa Villa Joachim, la sede del Institut für Sexualwissenschaft (Instituto para la Ciencia Sexual), una entidad fundada por el médico Magnus Hirschfeld para defender los derechos de los homosexuales. En la sede de este instituto, Hirschfeld había reunido la biblioteca más grande del mundo sobre cuestiones de género, por lo que los jóvenes estudiantes nazis se reunían en la puerta, provocando, y gritaban que colgarían a aquel "cerdo judío pervertido" que lo hacía con hombres vestidos de mujer. El Ayuntamiento de Berlín solía tener dos policías en la puerta, pero cuando Adolf Hitler subió al poder en 1933, empezaron a hacer la vista gorda cuando había agresiones a los pacientes del instituto. Una de las personas agredidas fue Dora Richter.

"No se saben muchas cosas de ella, es una figura que se podría estudiar más, aunque desgraciadamente buena parte de la documentación se quemó", explica Manfred Herzer, miembro de la Sociedad Magnus Hirschfeld, una entidad creada en 1982 para reivindicar el legado de Hirschfeld y luchar por los derechos de la comunidad LGTBI en Alemania. "Dora Richter fue la primera persona sometida a una operación exitosa de reasignación de sexo, de hombre a mujer", dice hablando de Dora, que fue bautizada como Rudolph Richter en 1891. Los últimos años de su vida Dora vivió en la sede de este instituto pionero en el estudio de las cuestiones de género. Hirschfeld, en lugar de tratar a los pacientes como enfermos, consideraba que era necesario investigar para normalizar su forma de vida. Por eso estaba en el punto de mira de los nazis, que acabaron con la tarea de unos médicos pioneros en la investigación de las operaciones de cambio de sexo poco después del ascenso al poder de Hitler.

Aquel mayo de 1933 los sindicatos de estudiantes nazis se sumaron a una campaña llamada Aktion wider den undeutschen Geist (Acción contra el espíritu no alemán), que pretendía aprovechar el ascenso al poder del partido para señalar a los intelectuales judíos, marxistas, pacifistas o homosexuales. Es decir, cualquier personalidad que se opusiera a ellos. El estudiante de derecho Hans Karl Leistritz fue más allá y propuso que el punto álgido de la campaña fuera quemar los libros de los autores perseguidos en un acto inspirado en el Festival de Wartburg de 1817, cuando jóvenes nacionalistas alemanes quemaron cientos de libros de autores franceses y liberales. Durante aquellos días de mayo, los jóvenes nazis comenzaron el saqueo de bibliotecas, librerías, escuelas y locales buscando material para sus hogueras. El 6 de mayo asaltaron el Instituto para la Ciencia Sexual. "Se saqueó todo, llenaron carros con los miles de libros y documentos, que serían quemados unos días más tarde junto a un busto de Hirschfeld. Al final, incendiaron el edificio. Y ese es el último día en que se tienen noticias de Dora Richter. Sin tener pruebas, todo el mundo dio por hecho que la asesinaron y su cuerpo quizá fue quemado. Nadie reclamó nada", explica Herzer. El edificio no sobrevivió a la guerra. En los años 80 el Ayuntamiento de Berlín levantó un pequeño monumento para recordar dónde se alzaba aquel centro que fue pionero en el estudio y la defensa de la comunidad LGTBI.
"La narrativa sobre la homosexualidad, tal como se entiende ahora, es un concepto alemán. La manera que tenemos de hablar de la homosexualidad y muchos referentes surgen en el Berlín de finales del siglo XIX y principios del XX. Justo antes del nazismo, fue la ciudad más tolerante en este aspecto", explica el profesor universitario Robert Beachy, autor del libro Gay Berlin: Birthplace of modern identity. Ya antes del Instituto para la Ciencia Sexual, Alemania se había convertido en el país donde se luchaba más abiertamente por los derechos de una comunidad que hasta entonces no tenía ningún nombre políticamente correcto para definirla. Cuando en 1867 el jurista Karl Heinrich Ulrichs defendió durante un acto en Múnich que había que borrar las leyes que prohibían el sexo entre hombres, utilizó la palabra sodomitas. La expresión homosexualidad la crearía dos años después el austriaco Karl Maria Kertbeny, que también se oponía a estas leyes. Pero fue Berlín la ciudad donde los homosexuales perdieron el miedo. Como recordaría en sus memorias Erika Mann, activista e hija del escritor ganador del Nobel, a los cabarets de la época se les llamaba "el silencio mata". En Berlín la comunidad LGTBI perdió el miedo.

En 1885 el policía Leopold von Meerscheidt-Hüllessem se había convertido en una pieza clave, seguramente sin ser consciente de ello. Aquel año fue puesto al frente de un departamento dedicado expresamente a la homosexualidad. Pero, en lugar de clausurar los bares que iban naciendo de manera ilegal, decidió dialogar con los propietarios y los clientes. Tolerarlos, escucharlos. Los testigos lo recordaban sentado en las mesas de los cafés, dialogando. Además, actuó contra los que hacían dinero chantajeando a hombres casados ​​que tenían amantes del mismo sexo, una práctica muy habitual de la que no se escaparon ni siquiera miembros de la casa real alemana. Tras la Primera Guerra Mundial, Berlín tenía una vida cultural homosexual tan activa que había revistas, locales y se hicieron los primeros filmes en que se trataba la homosexualidad sin perseguirla. Como Mädchen in Uniform, de Leontine Sagan, en el que aparecen dos lesbianas. O Anders als die Andern (Diferente de los otros), en la que el actor Conrad Veidt encarnaba a un personaje homosexual que tras recibir un chantaje decidía salir del armario. El papel del médico que la ayudaba, en el film, lo interpretó el mismo Hirschfeld, que colaboró en la producción de la película.

Magnus Hirschfeld entendió que había que utilizar la prensa o el cine para normalizar la homosexualidad. Hirschfeld había llegado a Berlín proveniente de Magdeburgo, donde en 1897 se interesó por la homosexualidad tras el suicidio de un paciente que le había confesado que tenía un amante del mismo sexo. De aquella experiencia surgiría un pequeño librito, Sappho and Socrates, en el que defendía el amor homosexual. El librito provocó un buen escándalo, pero también recibió tanto apoyo que Hirschfeld animó a fundar el Comité Científico Humanitario, una entidad que pedía anular el artículo 175 de la Constitución, que penalizaba las relaciones entre personas del mismo sexo. El Comité reunió 5.000 firmas de apoyo, entre las que estaban las de Albert Einstein, Hermann Hesse, Käthe Kollwitz, Thomas Mann, Rainer Maria Rilke, Max Brod, Karl Kautsky o Stefan Zweig. Pero la mayor parte de los parlamentarios votaron en contra de su propuesta y la ley no decayó. Incansable, Hirschfeld impulsó en 1908 la Zeitschrift für Sexualwissenschaft (Revista de sexología), en la que publicó en 1910 los primeros artículos de su obra Die travestis, la primera sobre el travestismo. Ya instalado en Berlín, no dejó de investigar y hacer campaña contra las leyes con el lema Justicia a través de la ciencia, y provocó más de un escándalo, como cuando explicó que el festival dedicado a Wagner en la ciudad de Bayreuth era un lugar habitual de encuentro entre homosexuales. "Durante muchos años reunió miles de fichas, después de hacer entrevistas, para demostrar que entre un hombre totalmente heterosexual y una mujer totalmente heterosexual había muchas categorías. Cuanto más estudiaba, más categorías creaba", explica Robert Beachy. Al final, el médico creó la teoría de la intersexualidad, defendiendo que cada persona es una combinación única de rasgos masculinos y femeninos.

En 1919, aprovechando el ambiente más liberal de la República de Weimar, Hirschfeld se convirtió en una figura tan famosa que le dedicaron canciones y salía en la portada de los diarios. Ese mismo año Hirschfeld fundaría el Institut für Sexualwissenschaft, que ya no dejó de crecer. Gracias al apoyo económico de empresarios que admiraban su trabajo, alquiló la Villa Joachim, un palacete que se había hecho construir el compositor húngaro Joseph Joachim unos años antes en la orilla del Spree, dentro del parque berlinés del Tiergarten. Un lugar idílico que al cabo de pocos años ya tenía una biblioteca gigante, un pequeño museo sobre la homosexualidad con copias de antigüedades en la que se podían ver hombres amándose, se organizaban visitas para estudiantes y había una residencia para personas que querían entender mejor su sexualidad. Cientos de pacientes de toda Europa pasaron por el instituto, algunos de los cuales personalidades como los filósofos Walter Benjamin y Ernst Bloch, o la bailarina Anita Berber. Y también extranjeros, como el británico Christopher Isherwood, que llegaban a Berlín buscando un clima más tolerante.

Pero era una sociedad de extremos. La de los cabarets sin normas donde todo era posible, la del jazz y del amor libre, pero también la de los grupos nacionalistas como los que agredieron a Hirschfeld en 1921 y lo dejaron en el suelo golpeado tras una conferencia, luchando por su vida. También parte de su familia giró la espalda, porque eran judíos tradicionales. Algunos murieron en los campos de exterminio. Y tampoco generaba consenso entre la comunidad homosexual berlinesa: mantuvo fuertes debates con Adolf Brand, el padre de una asociación que tenía una revista, Der Eigene, en la que reivindicaba un culto a la masculinidad, la virilidad, entre los homosexuales. Brand, anarquista y seguramente el primer defensor del derecho a salir del armario sin miedo, criticaba a aquellos hombres que se vestían de mujer y los calificaba de "pervertidos". Y desde su revista atacaba con crueldad a Hirschfeld, muy a menudo con insultos antisemitas. "En aquella época, algunos militantes de la asociación de Brand eran simpatizantes nazis, aunque Brand no lo era", explica Manfred Herzer. De hecho, Ernst Röhm, el líder de las Sturmabteilung, la organización paramilitar del partido nazi, era homosexual, y entre sus amantes había un articulista de Der Eigene.

Los estudios de Hirschfeld fueron pioneros en la investigación de las personas que tienen una identidad de género diferente a la de su cuerpo. Hirschfeld consideraba que si alguien se sentía mujer pero tenía cuerpo de hombre, la ciencia tenía que ayudarla. Así que trabajó de la mano con el médico austriaco Eugen Steinach para desarrollar un método que permitiera afrontar el reto de cambiar el sexo de los pacientes. En los años 20 se hicieron muchas intervenciones, pero la primera operación de cambio completo de sexo fue la de Dora Richter, hecha por dos doctores del Instituto para la Ciencia Sexual, Levy-Lenz y Felix Abraham, con la colaboración del doctor Erwin Gohrbandt.

Nacida en 1891 en una familia muy humilde, Dora ya se vestía de niña antes de los seis años. Fue entonces cuando se intentó cortar el pene con un torniquete, según explicaría ella misma. Rechazada por la familia, huyó de casa muy joven y trabajó de cocinera y de camarera en los hoteles de zonas turísticas durante el verano, siempre con miedo de ser descubierta y detenida. "Pasó por la cárcel varias veces, pero al parecer fue un juez quien la envió al instituto de Hirschfeld. Y el doctor consiguió negociar un permiso de la policía para que pudiera llevar ropa de mujer", explica Herzer. El permiso fue concedido para que la policía tratara su caso como una enfermedad mental, pero Dora no estaba enferma. Sencillamente, se sentía mujer. En 1922 el doctor Felix Abraham le practica una orquiectomía para extraerle los testículos."La operación ha tenido efecto y su cuerpo poco a poco es más femenino. Cada vez tiene menos barba", escribiría en su diario el doctor Abraham. El doctor Levy-Lenz recordaría: "Para los travestis es muy difícil encontrar trabajo [...], por lo que hacíamos todo lo que fuera posible para emplear a esta gente. Teníamos cinco empleadas de hogar y todas eran hombres travestidos. Nunca olvidaré un día que, después de trabajar, bajé a la cocina. Las cinco chicas estaban juntas, riendo, cantando canciones. Ellas fueron las trabajadoras más fieles que tuvimos, hacían un trabajo excelente, eran muy respetadas". Y una era Dora Richter, que se quedó en el instituto después de la primera operación, en 1922. Finalmente, en 1931 se sometió a la operación para hacerse una vaginoplastia a las órdenes del doctor Erwin Gohrbandt, una operación que fue un éxito "asumiendo las condiciones de la época", según recuerda Robert Beachy en su libro.

Pero Dora no fue la única valiente. En aquella época había otra paciente en el instituto que también afrontaba el mismo reto. Se trataba del artista danés Einer Wegener, que se convertiría en Lili Elbe, en un caso que llegó a la portada de los periódicos de la época, ya que el mismo rey danés anuló su matrimonio con la pintora Gerda Wegener. El caso de Elba sería célebre, porque consiguió obtener legalmente el cambio de sexo y recibió un pasaporte danés con su nuevo nombre. Elba moriría en 1931 por culpa de las complicaciones posteriores en un intento de trasplante de ovarios en la clínica del doctor Kurt Warnekros de Dresde. Su caso se haría famoso gracias al libro La Chica danesa, de David Ebershoff, que fue llevado al cine en 2015.

Hirschfeld, que llegó a ser definido como "el judío más peligroso de Alemania" por Hitler, estaba en el extranjero haciendo una gira de conferencias por medio mundo cuando su instituto fue atacado. Una gira en la que conoció a Tao Li, un joven de Hong Kong que estudiaba en Shanghai, que se convertiría en su amante. Al recibir las noticias de los hechos de Berlín, Hirschfeld entendió que no era seguro volver a Alemania y se quedó en Francia acompañado por su fiel secretario Karl Giese y Tao Li. Moriría en Niza, de un ataque al corazón, en 1935.

La mayor parte de pacientes del instituto se salvaron de la persecución de los nazis porque en el saqueo se quemaron sus fichas. Tuvieron que esconderse en casa y el mismo Adolf Brand, asustado, escribió un artículo explicando que dejaba de luchar por los derechos de los homosexuales porque había sido un error. Sin embargo, más de 15.000 personas fueron enviadas a los campos de exterminio por su condición sexual, prisioneros identificados con un triángulo de color rosa. Algunos de ellos, ex trabajadores o pacientes del instituto. De estos, menos de 4.000 sobrevivieron y algunos fueron encarcelados de nuevo, ya que en Alemania hasta 1969 no fue legal tener relaciones con personas del mismo sexo. Nunca ningún nazi fue condenado por los crímenes cometidos contra los homosexuales. Crímenes como el cometido contra Dora Richter.

(Toni Padilla, Diumenge, Ara)